Lunes 22 de Enero de 2018
     

El México que soñamos de nuevo en campañas electorales



José Luis Ortiz Santillán

Ha iniciado la carrera rumbo a la presidencia de la república, y con ello parecen diluirse las esperanzas de los mexicanos por transforma de raíz su realidad, frente a la oferta de la clase política nacional. De nuevo la retórica vuelve a los medios en voz de los aspirantes a la nominación de sus partidos y coaliciones, el discurso retórico que ofende a la inteligencia de una nación que ha venido madurando políticamente, pero que la clase política ha tratado de estrangular con sus reformas para mantener el control de sus ciudadanos, útiles en períodos electorales e ignorados durante el ejercicio del gobierno otorgado por el pueblo.

En 2012, cuando arrancó la campaña del hoy presidente Enrique Peña Nieto, como candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI), habló de sus compromisos de gobierno si ganaba las elecciones. Entonces propuso en Guadalajara, frente a empresarios y simpatizantes, que recuperaría la paz que le había quitado la delincuencia a los mexicanos, que combatiría la pobreza, mejoraría la educación, generaría un mayor crecimiento económico (superior al 5% en promedio anual), que crearía la comisión nacional anticorrupción y eliminaría los diputados plurinominales, entre otros compromisos que selló con su leyenda “Te lo firmo y te lo cumplo”, frente a notario.

Hoy no somos los analistas quienes debemos evaluar los compromisos de campaña del presidente frente a la realidad, son los ciudadanos que pueden hacerlo frente a su realidad y pedir cuentas, o ejercer su sanción frente a los partidos por sus promesas incumplidas, por la corrupción, por la violencia y la inseguridad incontrolable, al emitir su voto en julio de 2018.

El miércoles pasado, inició la campaña del candidato del PRI a la presidencia en Chiapas, el Dr. José Antonio Meade Kuribreña, porque quienes dirigen el nuevo PRI enterraron las aspiraciones de muchos de sus militantes y el nacionalismo revolucionario que dio origen a su partido, y en realidad no habrá más aspirantes a la candidatura de ese partido que el Dr. Meade Kuribreña.

En una de las comunidades símbolos de Chiapas, San Juan Chamula, el Dr. Meade afirmó que “Quiero ser presidente para cerrar las brechas que nos separan entre el México que somos y el que soñamos… éste es el México que merecemos y es justamente el que vamos a construir cuando ganemos la presidencia de la república”, retomando la retórica de siempre, vacía y llena de promesas que no conducen a nada, sino a llegar a Los Pinos para seguir administrando el país, para situar a sus más cercanos en las secretarías de gobierno y sus estructuras, porque así lo hizo cuando llegó como canciller a la SRE, cuando ha ido de la Secretaría de Energía a la Secretaría de Hacienda (SHCP), de ésta a la de Desarrollo Social y de regreso a la SHCP. Al igual que un cometa deja tras su paso el aura de su cola, el Dr. Meade ha dejado tras de si, en las secretarías, a sus fieles amigos.

Lamentablemente, nadie quiere llegar al poder para transformar la realidad de México y de sus ciudadanos, sino para vivir de él y crear entre sus amigos nuevos ricos. El país, hundido en una profunda crisis estructural desde 1994, invisible para los gobernantes, no requiere seguir siendo administrado, ni reformas como las aprobadas en 2013 para terminar de abrir al mercado lo que quedaba de la economía, el sector energético, y dar garantías a los banqueros sobre la recuperación de sus capitales; México demanda una revolución administrativa que refunde sus instituciones hundidas en la corrupción, que modifique su política económica para poder crecer y llevar los beneficios de su crecimiento a los más de 64 millones de mexicanos que tienen ingresos inferiores a la línea de bienestar.

Seguir postergando el crecimiento y el desarrollo de México, continuar administrándolo y posibilitando la exportación de sus riquezas, fortaleciendo el control social a través de la nueva ley sobre seguridad, aumentando el desempleo, la pobreza y la delincuencia, como consecuencia de la descomposición social, sólo puede seguir empujando el país hacia revueltas sociales incontrolables, hacia una nueva revolución silenciosa, como lo ha sido el surgimiento de los grupos de autodefensa en las comunidades en estos años.





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