Martes 26 de Septiembre de 2017
     

Espionaje en México: 169 años

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  • Desde la caverna del poder
  • Polémica nacional y mundial por el malware israelí Pegasus
  • Vigila periodistas y defensores de derechos humanos
  • Hubo una Mata Hari alemana que sedujo políticos

 

Agora Política
Jesús Yáñez Orozco

 

Hubo un tiempo –a partir de la década de 1970–  que al espionaje telefónico en México se definía con un eufemismo popular: hay pájaros en el alambre”. Ahora hay ciberpájaros.  Pálido ejemplo por qué el país está hecho jirones, pese al discurso triunfalista oficial.

El primer antecedente fue en 1847-48, durante la invasión estadounidense, cuando Antonio López de Santa Anna era  presidente de la República. Hace 169 años. Incluso, en esta historia de vigilancia oficial de ciudadanos aparece una especie de Mata-Hari alemana, durante la Segunda Guerra Mundial. Esta práctica institucional es una luz de la brillante oscuridad desde la caverna del poder en México hace casi 90 años.

Según  la publicación del New York Times, el malware israelí Pegasus, adquirido por el gobierno de Enrique Peña Nieto, permite –una vez instalado con un  costo de 77 mil dólares por teléfono celular— escuchar y mirar cuando un  ciudadano –periodistas y activistas sociales, que pueden ser una amenaza potencial para el gobierno— incluso cuando tienen relaciones íntimas o van al wc.

La información del diario estadounidense provocó el descontento gremial y social en México. Ocupó los principales espacios informativos de la industria mediática nacional e internacional. Se hizo viral en redes sociales. Fue tema de los principales columnistas, y desató los irremediables memes.

En teoría, su uso es para combatir la delincuencia organizada. Sobre todo en la guerra contra los 50 cárteles del narcotráfico en territorio nacional. Mas no es así.

El presidente Enrique Peña Nieto que, al ser exhibido por los reportajes del rotativo estadounidense, atinó a decir uno de sus célebres dislates: ordenó a la Procuraduría General de la República  (PGR) “aplicarse contra aquéllos que han levantado falsos señalamientos contra el gobierno”, porque, argumentó, él también es espiado.

Queda claro que poco más de 18 mil reporteros independientes, en México, corremos algún riesgo por ejercer el espíritu de nuestro oficio: libertad de expresión. El poder es intocable. Ni con el pétalo de un calificativo.

Sobre todo a partir de la década de los 70s, los periodistas, desarrollaron otra habilidad: cómo driblar el espionaje telefónico institucional cuando había “pájaros en el  alambre”. Nadie puede llamarse a sorpresa del ciberespionaje.

Todos estamos conscientes que somos vulnerables ante el poder tiránico de la “dictadura perfecta”.

Seamos o no periodistas.

Por cierto, el FBI y la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) intervendrán en la investigación sobre el espionaje a comunicadores y activistas mexicanos descubierto hace una semana, informó Ricardo Sánchez Pérez del Pozo, titular de la Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos cometidos contra la Libertad de Expresión (FEADLE) de la PGR.

Explicó que solicitará a las empresas de telefonía celular los registros de llamadas de los equipos presuntamente infectados, con el fin de hallar similitudes con los números que enviaron el virus a los teléfonos de los denunciantes.

El FBI equivale a dejar la iglesia en manos del demonio. Dudo que alguien, en su sano juicio, dé cinco centavos de credibilidad a esa agencia de seguridad. Servirá para crear una cortina de humo.

Aquí por qué.

En México, en los próximos diez años, no podrá conocerse en qué condiciones contractuales el Centro de Información y Seguridad Nacional (Cisen) compró “Galileo RCS” a la empresa italiana The Hacking Team, un software para realizar espionaje por el que pagó un millón 390 mil euros y con el que al final, alcanzó menos del 2 por ciento de efectividad.

Mientras este spyware fracasaba, entró Pegasus a México, la herramienta fabricada por NSO Group, con la que periodistas y activistas señalan haber sido espiados.

Los contratos CISEN 128/13 y CISEN /020/15 con The Hacking Team fueron reservados por el CISEN hasta 2027.

El Instituto Nacional de Acceso a la Información y Protección de Datos (INAI) le dio la razón.

Todavía está fresco en la memoria de  muchos ciudadanos cómo la Dirección Federal de Seguridad (DFS), antecedente del Cisen, infiltró, en la década de los años 70s, agentes para espiar alumnos en escuelas públicas de educación media superior. En particular de la Universidad Nacional Autónoma de México y el Instituto Politécnico Nacional. Encendías los focos rojos cuando olían algún tufillo comunista.

Estaban frescos dos hechos sangrientos mundialmente conocidos: la matanza de Tlatelolco, el 2 de octubre de 1968, y la represión estudiantil del 10 de junio de 1971.

La DFS fue el brazo armado del gobierno en el combate a la guerrilla urbana en distintas ciudades del país. En particular contra la Liga 23 de Septiembre, focalizada en la Ciudad de México.

En la mitología griega, Pegaso –como se denomina a este malware– era el caballo inmortal alado de Zeus, dios del Cielo y de la Tierra. Nació, qué curioso, de la sangre derramada por Medusa cuando Perseo le cortó la cabeza. Esta era una de las tres hermanas Gorgonas. Las otras eran Esteno y Euríale.

Es común la ancestral práctica del espionaje en México, desde los poderes fácticos e institucionales. Incluso, exterior.

Sobre todo a través de las agencias de seguridad estadounidenses, trinidad maldita: –CIA, FBI, DEA–. Data desde la invasión de EU a territorio nacional en 1847-1848 –hace 169 años–.

Por eso no extraña la polémica forma cómo ni quiénes son vigilados –periodistas y defensores de derechos humanos desde el ciberespionaje del malware israelí Pegasus—sino la forma: dispendio oficial y el desvío del objetivo de combate a la delincuencia organizada, cárteles de la droga –que ha dejado un mar de sangre y muerte sin una isla de esperanza: unas 300 mil víctimas  de 2001 a la fecha–.

Contrasta, por ejemplo, que con las FARC y el gobierno colombiano que en más de 53 años de guerra dejó 220 mil muertos.

Versiones periodísticas establecen que de 1980 a la fecha han sido asesinados 300 reporteros, 39 en el actual sexenio cuando falta año y medios para que finalice. Que lo hace uno de los países más peligrosos del mundo para el ejercicio reporteril.

México vive, literal, una guerra civil no declarada.

De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas, en su último informe, de 219 países considerados, México es el séptimo país más violento del mundo.

Y conforme avanza la tecnología se hace más sofisticado el espionaje sobre los ciudadanos. Porque un gobierno que espía a sus habitantes –en particular quienes hacen una labor en beneficio de la sociedad– es un gobierno frágil.

Quebrantado –en el caso mexicano– por la corrupción e impunidad. Espejo del Estado fallido.

Como dijo el escritor mexicano Fernando del Paso, en 2016, cuando recibió el Premio Cervantes: México se encamina hacia el totalitarismo del Partido Revolucionario Institucional de la mano de empresarios, iglesia, sindicatos charros y Ejército.

La historia de ciberespionaje tiene dos antecedentes, que vale la pena retomar.

En la década de 1930, México fue una pieza importante, estratégica en los planes expansionistas de Adolfo Hitler.

Desde 2010 circula un libro breve, “Los nazis en México” –editorial Random House Mondadori– fácil lectura y no por ello menos importante.

El libro (http://cienciauanl.uanl.mx/?p=2687) muestra un macabro carnaval multicolor en el que circulan agentes secretos, políticos, empresarios, narcotraficantes y terroristas, fuertes intereses económicos y las inefables corrupción e impunidad, incluidos los medios de comunicación más importantes de la época. Todo ello en un escenario de la Segunda Guerra Mundial.

Pese a todo, revela apenas la punta de un candente iceberg. Por eso, nuevas investigaciones serán necesarias para aclarar mejor este oscuro y difícil periodo de la historia nacional y mundial.

Firmada por Marco Miller, la reseña apareció en la Revista de Divulgación Científica y Tecnológica de la Universidad Autónoma de Nuevo León, año 17, número 69, octubre de 2014.

“Los nazis en México” narra las historias de intrigas y espionaje ocurridas en el territorio nacional entre 1938 y 1945. El libro exhibe los niveles de infiltración de los servicios de espionaje nazis en las esferas de la política mexicana, sobre todo durante los primeros años de la presidencia de Manuel Ávila Camacho.

En este trabajo, presentado en el Colegio de Historia de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) –considerada entre las 100 más importantes del mundo– se revisan críticamente todos los estudios sobre el tema realizados hasta entonces. La originalidad y relevancia del libro, que lo hicieron acreedor al Primer Premio Debate de Libro Reportaje, en 2007, radican en su habilidad para combinar una prosa ágil y una narrativa fácil y envolvente, dice Miller.

Está bien sustentado en  información extraída de documentos del Archivo Nacional de Washington, del Archivo General de la Nación, el Archivo Histórico Genaro Estrada de la Secretaría de Relaciones Exteriores y del Archivo Histórico de la Secretaría de la Defensa Nacional.

Contiene seis capítulos, de manera lineal y con un desarrollo cronológico, en apenas 200 páginas. Comienza con la llegada a México de espías alemanes, como Georg Nicolaus, Walter Baker e Hilda Kruger, apoyados por importantes personalidades americanas, como el actor Errol Flynn –ícono de hollywood– y magnates de la época: Jean Paul Getty y Axel Wenner, los cuales conspiraron y actuaron en beneficio de la Alemania nazi.

Según intenta mostrar el autor, periodista de profesión, México fue considerado por los nazis una pieza clave en su estrategia mundial; primero por su cercanía con los Estados Unidos, un país cuyo potencial bélico los nazis querían investigar; y luego porque les permitía vigilar los movimientos de su flota para, en caso necesario, utilizarlo como plataforma de sus sabotajes.

En segundo lugar, México importó a los nazis porque sus materias primas, mercurio, aluminio y petróleo, entre otras, eran vitales para la fabricación de armas y otros pertrechos indispensables para la guerra.

Amén de su importancia geoestratégica para cualquier país, que no menciona el autor: conecta con los océanos Pacífico y Atlántico.

A lo largo del libro, Cedillo descubre cómo el plan de Alemania fue convertir a México en el centro más importante de espionaje nazi en el Continente Americano. Utilizó diferentes estrategias: corromper a jefes militares y diplomáticos mexicanos, creó carteles de droga para debilitar a Estados Unidos, financió organizaciones fascistas nacionales como la Unión Sinarquista Nacional y la Acción Revolucionaria Mexicanista, adoctrinó ideológicamente a casi toda Latinoamérica mediante las transmisiones de la estación de radio XEW –propiedad de Emilio Azcárraga Vidaurreta–  y planeó, incluso, un golpe de Estado.

También, desde publicidad pagada, en las páginas de los dos principales diarios nacionales se hacía apología del régimen fascista: El Universal y Excélsior, aliados al poder. A la fecha, dos de los más influyentes en la opinión pública.

La historia comienza cuando Lázaro Cárdenas, presidente de la República, de 1934 a 1940,  nacionalizó el petróleo el 18 de marzo de 1938, lo que ocasionó bloqueos económicos de EU para que ningún país le comprara este combustible a México, quedando casi como sus únicos clientes la Alemania nazi y la Italia de Benito Mussolini.

Cuando terminó el gobierno de Cárdenas, 1940, estos países buscaron renovar los contratos petroleros con nuestro país. Pero Manuel Ávila Camacho, el nuevo presidente, los rechazó.

Después del ataque japonés a Pearl Harbor, bajo la presión de los Estado Unidos, el 8 de diciembre de 1941, México rompió relaciones con Japón y tres días después con Alemania e Italia. Es entonces cuando la red de espionaje, creada por Georg Nicolaus, Walter Baker e Hilda Kruger, empezó a concretar distintas estrategias para lograr que el petróleo llegara a Alemania y para agredir a Estados Unidos.

La actriz Hilda Kruger –equivalente a la Mata-Hari–, una hermosa espía enviada por Alemania, fue un personaje clave para la infiltración nazi en la élite política mexicana. Pronto contó entre sus amantes a muy altos funcionarios del gobierno. Entre  ellos, Miguel Alemán Valdés, secretario de Gobernación –y luego presidente de la República– y Mario Ramón Beteta, subsecretario de Hacienda.

Una de las estrategias seguidas por los nazis para garantizar los suministros para su maquinaria bélica fue triangular los cargamentos de materias primas entre México, Panamá y Alemania o Japón, y contrabandear minerales (aluminio, tungsteno y mercurio, entre otros) trasportándolos desde las minas hacia playas deshabitadas, donde sus submarinos la recogían.

Cedillo cuenta cómo la corrupción que privaba en el aparato gubernamental mexicano y en diversos niveles del Ejército Mexicano permitió que se sacaran del país cientos de toneladas de estos minerales, trasportados por el ferrocarril del sureste a la bahía de Dos Bocas, en Tabasco, una de las principales bases de operaciones.

En Monterrey, la Casa Holck, dirigida por Petzold Kurt, y la Química Apolo, de Guido Otto Moebius, ambos miembros del partido nazi, participaron activamente en estos negocios.

Para cubrir las actividades de sus espías en México, las compañías alemanas en nuestro país  proporcionaban empleos ficticios en empresas alemanas como la Casa Bayer, en Agfa o en la Unión Química, subsidiaria en México de la IG Farben, y en otras empresas trasnacionales como la Compañía de Teléfonos Ericsson (sueca).

También trabajaban en empresas mexicanas de origen alemán como la farmacéutica Beik Felix y Cía., la naviera Heynen Everbusch y Cía., la Casa Holck, las Fábricas Apolo y en Jabones La Reinera (esta última también con presencia en Monterrey).

Según los informes consultados por Cedillo, al terminar la guerra los servicios de inteligencia norteamericanos tenían detectados 150 espías y encubridores que operaban aquí.

La neutralidad de México ante el conflicto internacional terminó con el ataque a dos de sus barcos petroleros:
Potrero del Llano y Faja de Oro, por lo que se sumó con los Aliados a la guerra, el 21 de mayo de 1942.

Para Cedillo, los espías nazis también se radicalizaron y su presencia fue objeto de mayor vigilancia y persecución.

Según informes enviados desde Monterrey al Ministerio del Interior, Otto Moebius actuaba como jefe de una organización nazi local “que incluye a 150 soldados perfectamente entrenados” y “recibía órdenes desde Berlín a través de una poderosa antena de radio que tenía ubicada en su fábrica de la calle de Pino Suárez 538 norte”.

Presionadas por los EU, las autoridades mexicanas comenzaron las deportaciones, los encarcelamientos y las confinaciones tanto de alemanes como de italianos y japoneses.

Ante esta situación, el aumento del tráfico de droga fue “un arma secreta” –como la llama Cedillo– que los agentes alemanes y japoneses utilizaron contra Estados Unidos. Con eso buscaban “debilitar la moral” de los soldados que vigilaban las bases navales en la costa del Pacífico.

El diario Porvenir de Monterrey reportó: “Japón y Alemania tratan de envenenar con opio a la juventud de los Estados Unidos”.

Los oficiales de la Abwehr y de la Gestapo, recuerda Cedillo, fueron los encargados de llevar a cabo esta operación que terminó por crear el primer gran cartel del narcotráfico en nuestro país, en el que participaban militares y políticos mexicanos.

Como a la fecha. Ahora llamada narcopolítica.

El cartel era dirigido por el general Francisco Javier Aguilar González, quien fue diplomático en Italia y Washington, y embajador en Japón, China, Francia, Portugal y Argentina. Sus principales cómplices eran gobernadores de varios estados: Gonzalo N. Santos, de San Luis Potosí; Donato Bravo, de Puebla; Miguel Alemán, de Veracruz, y Maximino Ávila Camacho, exgobernador de Puebla.

Este capítulo ofrece una de las aportaciones más novedosas del libro y es uno de los más entretenidos: muestra el modus operandi del primer cartel mexicano dedicado al tráfico internacional de heroína, opio y oro, al cobijo de la conflictiva situación internacional y con el apoyo de las potencias del Eje.

A medida que la guerra avanzaba, se acrecentaba el miedo estadounidense a la apertura de un supuesto Frente Sur, una posible fuerza militar que estaría compuesta, tanto por alemanes que vivían en nuestro país (64 mil) como por mexicanos militantes de organizaciones fascistas, como el Movimiento Sinarquista y los Camisas Doradas (cuyos miembros se calcularon en 11  mil).

Cedillo muestra que estas organizaciones eran financiadas por la red de espionaje alemán y entrenadas por agentes de la Gestapo y el cártel de Aguilar.

En un capítulo especial, Cedillo explica la aparición de estos grupos derechistas que surgieron en oposición al régimen de Cárdenas y a la expropiación petrolera, y que en las elecciones de 1940 se habían unificado en torno a la candidatura presidencial de Juan Andreu Almazán.

Los nazis financiaron su campaña y habían planeado un golpe de Estado en caso de que saliera derrotado.

Antes de ser candidato, Almazán había sido jefe de operaciones militares en Nuevo León, donde construyó la Ciudad Militar y la carretera a Chipinque, y se había convertido ya en uno de los principales colaboradores de los agentes alemanes en México.

Su candidatura fue apoyada por todos los sectores de la ultraderecha mexicana, entre los que destacan la Cámara de Comercio de Monterrey, empresarios como Salinas y Rocha, Lazcano Muguerza y otros capitalistas de la Cervecería y la Vidriera.

El proceso electoral de 1940 estuvo plagado de irregularidades y fue apoyado por los agentes alemanes y Jean Paul Getty, un petrolero millonario. Almazán desconoció los resultados en las urnas y se alzó en armas contra el gobierno, el 1 de octubre de 1940 en Monterrey, en donde el general Andrés Zarzoza Berástegui, jefe de su Estado Mayor, intentó tomar la plaza, siendo derrotado algunas horas después.

Levantamientos se intentaron en diversos estados de la República, pero en pocos días también fueron sofocados. Los sinarquistas, que supuestamente serían la base popular que sostendría la revuelta, finalmente no participaron, aunque muchos de sus integrantes habían sido entrenados en la clandestinidad por agentes de la Abwehr y la Gestapo.

Otro plan impulsado por la Alemania nazi en México, que trata Cedillo en su investigación, fue encabezado por el magnate sueco Axel Wenner, quien a finales de 1940 anunció la creación de un consorcio dispuesto a invertir 100 millones de dólares en varios proyectos que pretendían controlar diversas materias primas mexicanas para producir materiales de guerra.

Aunque Wenner aprovechó su relación con Maximino Ávila Camacho, hermano del presidente y secretario de Comunicaciones en el periodo de 1941-1945, su proyecto fracasó: no logró conseguir los permisos de extracción y transporte de las materias primas deseadas.

No obstante, con el aval de Maximino, los nazis lograron vincularse a la prensa y a la radio del país. Debido a la importancia de este novedoso medio de información y las posibilidades que tenía este medio para generar simpatías en nuestro continente, el aparato de inteligencia nazi tomó la decisión de utilizar a México como plataforma para la penetración ideológica a Latinoamérica.

Nuestro país tenía la ventaja de que sus estaciones de radio cubrían casi todo el territorio, en especial la XEW, con 200 mil vatios de potencia.

El principal responsable de esta campaña fue Arthur Dietrich, quien llegó a México en 1924 y ya para 1935 era el agregado de prensa de la embajada alemana. Entre los periodistas e intelectuales más importantes que trabajaron con él figuraron: Rubén Salazar Mallén, Juan Zubarán y José Vasconcelos, quien era ministro de Educación.

Tampoco Cedillo consigna que a Vasconcelos se debe el lema de la UNAM: por mi raza hablará el espíritu. Tiene una pátina fascista.

El mismo Vasconcelos llegó a ser el director del mejor instrumento escrito de propaganda nazi: la revista Timón.
Muy pronto los agentes norteamericanos descubrieron que los jefes de la XEW no sólo apoyaban a los fascistas en sus espacios noticiosos, sino que los nazis utilizaban la infraestructura de la estación para enlazar a la embajada alemana y los altos mandos de Berlín.

Hasta 1942, la XEW trasmitió las noticias de la guerra a partir de los boletines de la agencia alemana Transocean, que estaba bajo la supervisión directa de Joseph Goebbels, ministro de propaganda nazi.

A manera de epílogo, Cedillo ofrece algunos datos sugerentes de la complicidad entre los servicios de inteligencia rusos y los alemanes en México para asesinar a León Trotsky, fundador del Ejército Rojo. Un año antes del crimen, el 23 de agosto de 1939, se había firmado el pacto Hitler-Stalin, que permitía colaborar a los agentes secretos de ambos países.

Aunque el autor reconoce que todavía existen muchas lagunas sobre la participación de los nazis en el asesinato de Trotsky, reconstruye cuidadosamente el magnicidio y concluye que por lo menos los agentes nazis en México estuvieron siempre al tanto de sus preparativos, y colaboraron para facilitar la huida de los responsables.

De acuerdo con una información divulgada en mayo de 2015 por la página web Animal Político
(http://www.animalpolitico.com/2015/05/las-redes-de-espionaje-en-mexico-segun-reportes-de-inteligencia-de-eu/), la red de espionaje que la PGR desarticuló en 2001 fue sólo una de varias que continuaron en operación a través de los años, según documentos desclasificados

Jesse Franzblau —investigador independiente y de apoyo a los proyectos del National Security Archive, artículos publicados por Animal Político, The Nation, The Intercept, NACLA, Al Jazeera, Columbia Human Rights Law Review, freedominfo.org, entre otros medios– narra:

Cuando en 2001, la PGR anunció la desarticulación de una red de espionaje ilegal en el  Estado de México, bastón del PRI, —que operaba desde 1994 e involucraba al entonces gobernador, Arturo Montiel—, en realidad, en la entidad existían otras redes de espionaje mucho más amplías, según archivos desclasificados del gobierno de Estados Unidos.

Luego de Montiel, el presidente Peña Nieto, sería gobernador de esa entidad.

“Existen muchas otras redes unas diez células, por lo menos”, dijeron funcionarios de seguridad del Estado de México que fueron citados en un reporte de inteligencia de Estados Unidos sobre seguridad y espionaje.

Los archivos secretos —desclasificados en respuesta a solicitudes de información interpuestas por el Archivo de Seguridad Nacional (NSA, por sus siglas en inglés)– destacan los peligros de estos programas de espionaje.

Se reporta que las células de inteligencia que operaban en el Estado de México constaban de 200 empleados, contratados como policías, que monitoreaban e investigaban las actividades de “políticos, empresarios, y líderes sociales, que se opongan o critiquen a la administración de gobernador Arturo Montiel Rojas”.

En 2007, incluso, en la ciudad de México, en un hotel ubicado sobre Avenida Reforma, cercana al monumento a la Revolución, la CIA tenía un piso como cuartel general. Reclutaba periodistas mexicanos a los que pagana 500 dólares por “nota” periodística cubierta. Una forma de realizar espionaje.

Uno de los personajes al que pisaban los talones era Alberto de la Torre Bouvet, ex presidente de la Federación Mexicana de Futbol, por presuntos sobornos. Aunque también se habló que lavaba dinero.

Además, según los archivos, la información recabada por estas redes de espionaje, fue frecuentemente “usada contra la oposición política, vendida a criminales o narcotraficantes para secuestros o chantajes y usada para solicitar sobornos en prevención de la filtración de información vergonzosa”.

Pero sobre estas otras redes de espionaje nunca hubo mayor información en México.

En el país sólo se conoció el caso de siete personas que estaban inscritas en la nómina del Gobierno del Estado de México y que al momento de su detención, en julio de 2001, contaban con bitácoras y grabaciones del entonces secretario de Hacienda, Francisco Gil Díaz; el exsubsecretario de Gobernación, José Durán Reveles, y otros políticos tanto del Partido Revolucionario Institucional (PRI) como de Acción Nacional (PAN).

Pero ocho años después un juez federal los absolvió del delito de intervención de comunicaciones privadas y con ello se dio por terminado el caso de la red de espionaje a cargo del exgobernador del Estado de México, Arturo Montiel Rojas.

El hallazgo de esta única red de espionaje en el Estado de México coincidió con la llegada de Eduardo Medina Mora a la dirección del Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen).

En ese entonces, Medina Mora aseguró que todas las actividades de escuchas telefónicas y espionaje del Centro de Inteligencia habían terminado y que comenzaba una nueva era para ese organismo.

Pero para los analistas de inteligencia del ejército estadounidense había dudas sobre la promesa de Medina Mora y el entonces presidente Vicente Fox para cambiar de manera permanente la cultura doméstica de espionaje del Cisen.

Como reportó Animal Político en marzo de este año, en el año de 2002 el gobierno estadounidense todavía recibía información sobre el vínculo de parte de funcionarios de Cisen en el tráfico ilegal de migrantes.

Los documentos del ejército norteamericano proporcionan información sobre la historia oscura del Cisen en México y hacen referencia a la época en la que éste “hizo espionaje político doméstico” y “proporcionó información para satisfacer intereses políticos especiales”.

Según los archivos, después el “Cisen también se involucró en la desaparición de izquierdistas y otros disidentes” que tuvieron actividades durante la década de 1970.

La información desclasificada también hace referencia a que tras la aparición del EZLN en 1994, “el gobierno federal, con la ayuda del Cisen, apoyó la creación de unidades de inteligencia de información y análisis en los estados que no estaban sujetos a supervisión y que fueron involucrados en escuchas telefónicas ilegales”.

El Centro de Investigación y Seguridad Nacional mexicano ha recibido apoyo sustancial de las agencias del gobierno estadounidense, particularmente desde los inicios de la Iniciativa Mérida, el programa para apoyar la Estrategia Nacional contra las Drogas en la que se han invertido casi tres mil millones de dólares desde el 2007.

El apoyo dado al Cisen ha aumentado su capacidad para obtener y compartir información sobre los mexicanos. El gobierno estadounidense reportó en 2008 que el apoyo de la Iniciativa Mérida proporcionaría “nuevos sistemas de computación e infraestructura para ser integrados en los sistemas de telecomunicaciones del Cisen que existen en la actualidad y para incrementar la capacidad de compartir información de manera segura”.

El objetivo de dicho programa de asistencia fue conectar el sistema de datos Plataforma México con otras agencias, proporcionar información para los operativos de seguridad en México y otros “coordinados con los Estados Unidos, América Central y otros socios regionales.”

Medina Mora, quien acababa de asumir el cargo de ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), jugó un papel importante en la implementación de los programas vinculados a la Iniciativa Mérida, pues estuvo a cargo de la Secretaría de Seguridad Pública (SSP) y la PGR cuando el gobierno estadounidense exportó tecnología para que el ejército y cuerpos policiales federales, estatales y locales, tuvieran capacidad para recolectar información de los mexicanos.

Un informe elaborado por la Casa Blanca en 2010, por ejemplo, explica que varias agencias estadounidenses apoyaron a la PGR y a la SSP en realizar escuchas telefónicas y espionaje con el fin de obtener información para investigaciones y combatir la delincuencia organizada.

Que, a la luz de los actuales acontecimientos, se extendió a periodistas y activistas sociales, según el New York Times.

La red de espionaje que se encontró y desarticuló en 2001 no fue ni el principio ni el fin del espionaje en México, pues sólo fue una parte mínima de la estructura que se tenía y se ha construido para ese objetivo, según los archivos desclasificados del gobierno estadounidense.

Mientras tanto los ciberpájaros, gozarán de  buena salud, gracias a la protección del sexenio de Enrique Peña Nieto, aunque él se empecine en negarlo.

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