Jueves 19 de Octubre de 2017
     

Matías Almeyda: síndrome Miss Universo

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  • Tras el retiro, deprimido cuatro años, pensó en el suicidio
  • Después de 22 años de crack todo era para abajo
  • Superó su infierno tras mirar un dibujo infantil de su hija
  • El DT de Chivas también tuvo problemas de alcoholismo

 

Agora Deportiva
Jesús Yáñez Orozco

Algo caló en su entraña, cuando Matías Jesús Almeyda miró, desde los demonios de la depresión, el dibujo de Sofía, su hija mayor, de siete años: un león echado, viejo, triste, sin melena y desdentado, que lo simbolizaba. Era su oscuro espejo de cuatro años de dolor y vacío. Sólo miraba flamígeros infiernos congelados en su memoria. Pensó en el suicidio –“cosas feas”, dice para no nombrarlo–. Había escapado de las fauces de la muerte. Ya no era el crack, excelso mediocampista, que todos festinaron durante 22 años. Se había convertido en despojo humano:

Infinita desesperanza.

En 2009, gracias a Sofía, tomó conciencia que era un “egoísta de mierda” y comenzó a escalar su oscura montaña de autodestrucción hasta llegar, victorioso, a la cima.

Pocos como él saben, ahora convertido en director técnico exitoso, que  el infierno de la depresión tiene sótanos interminables. Nunca se sabe cuál es el último. Cuando se habita en él, todo abisma. Se vive la más absoluta de las desesperanzas: vacío las 24 horas del día. Los deseos se pudren en la nada.

Como ex futbolista, padecía el síndrome de la Miss Universo: después del reinado de un año todo es para abajo.

Igual que en el futbol. Cuando se acaba la carrera desaparecen sus fotos y declaraciones destacadas en los principales espacios deportivos de la industria mediática, incluidas las redes sociales.

Parecía otro síndrome: del vampiro: dormir de día, tirado en el sofá, y estar despierto de noche. Una forma de estar muerto en vida.

Desde aquél 2009, comenzó a exorcizar los demonios de la depresión –acumulación de infinitos dolores, que se decantó a raíz de su retiro– que traía como losa, marmórea, invisible, años atrás. Sabía que no podía seguir arrastrando a su familia en su vacío interminable.

Fue un hasta aquí.  Así lo hizo. Su vida, de crack y luego exitoso director técnico, había ido, en un santiamén, del cielo al averno.  Con ayuda psicológica –todo indica que psicoanálisis, común en Argentina– superó esos pensamientos dantescos, mortuorios, agravados por su alcoholismo.

Según la Organización Mundial de la Salud, en un informe anual de febrero de 2017, la depresión es una enfermedad frecuente en todo el mundo. Calcula que afecta a más de 300  millones de personas. Cada año ocurren cerca de 800 mil suicidios, en el mundo.

Ahora, a los 43 años de edad, vive la inconmensurable gloria del triunfo. Se ha reconciliado consigo mismo, su familia, los amigos… el futbol y sus demonios.

Comenzó a ascender su oscura montaña de dolor, gracias a su mujer, que iluminó su desesperanza autodestructiva.

Circula en redes sociales un enternecedor video de la esposa de Almeyda, Luciana García y sus hijas, Sofía, Azul y Serena.  (https://www.foxsports.com.mx/videos/79496771787-la-familia-de-matias-almeyda).

Llama la atención la amorosa ternura con que se refieren a su padre. Pero más allá de lo que dicen, importa lo que transmiten, después de haberle visto caído durante cuatro años. Cada una tuvo su propio infierno. Pero supieron acabar con el fuego que las consumía, cuando miraron de pie, rehecho, a Matías Jesús.

Había dejado de ser un frágil felino. Volvió a ser el león que corría en las canchas,

Su “conclusión”  fue que “era un egoísta de mierda”. Plasmó su historia, cielo infernal, en el libro biográfico Almeyda: Alma y Vida, escrito por Diego Borinsky.

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Desfilan en sus páginas las negociaciones, algunas tenebrosas,  de sus representantes, lesiones, inyecciones para “correr más” en Italia, la Selección Albiceleste, mundiales,  familia, amigos y compañeros del futbol. Y, obvio, la depresión. Son sólo algunos de los temas que el propio Almeyda detalló en su libro, ese que pretendía no fuese igual a cualquier otro.

Y parece haberlo logrado.

“La vida del futbolista no es color de rosa”, dice Matías en la introducción. “Mucha gente sólo se detiene en lo económico pero detrás hay historias increíbles. Yo llegue a levantar chicles masticados del piso porque mis padres no tenían para comprarme golosinas”, ahonda. En su casa, incluso,  “hacía cola para ir al baño”.

Continúa:

“Es algo muy lindo tener un libro propio. Yo ya había plantado un árbol y disfruto con Lu (su mujer) de nuestras tres hermosas hijas. Me faltaba el libro, Y es gratificante tenerlo, pero también medio loco, porque le estas mostrando tus pensamientos y vivencias intimas a toda la gente; Te abrís demasiado, y ante una sociedad tan extraña que seguro que en el futuro habrá muchos que me recalcarán mis errores y me los gritaran en las canchas”.

Se sincera:

“Conté muchísimas cosas que nunca había hecho públicas y aunque por momentos me dio cierto pudor, o temor, porque quizás sorprenda a tantos, en el fondo no hago más que mostrarme tal cual soy. ¿Por qué voy a andar ocultando, si a mí me gusta ser transparente?”

Tiene razón de sobra cuando Almeyda reflexiona sobre que “es muy difícil que te comprendan. Y esto que pasé no se lo deseo a nadie”.

Se entiende hasta que se sufre en carne propia.

Cuando la vida duele con tanta intensidad, los efímeros momentos de felicidad son, también, más vehementes. Deja de haber medias tintas en cada segundo de vida. Sale de la banda gris donde camina la mayoría de los mortales.

Era, reflexiona,  “un loquito que antes me descargaba con el futbol o boxeo. Eso ya pasó y no va volverá a suceder.

Ahora sé cómo tratarlo y tengo las herramientas, sería muy estúpido si vuelvo a caer. Tengo un diálogo más abierto con familiares y amigos”.

En sus ojos se  asoma, fugaz, casi imperceptible, mirada mortuoria, la resaca de la depresión. Ahora vive la gloria: cuatro títulos con Chivas –en 18 meses– el club más popular del futbol mexicano, único que no tiene extranjeros en su plantilla.

Esa historia, grito silencioso, verbalizada en la palabra escrita, hizo de Almeyda un hombre más humano, sensible, solidario, amoroso.  Despojado de la soberbia, protagonismo, y prepotencia que caracteriza a los futbolistas profesionales. Descubrió, quizá, que el dolor, también, es parte de la felicidad.

Jugó para clubes argentinos y europeos: River Plate (1992-1996 y 20009-2011, cuando se retiró), Quilmes (2004-2006), Fénix (2009); italianos: Lazio (1997-2000), Parma (2000-2004), Inter de Milán (2002-2004), Brecia Calcio (2004); y el noruego Lyn Oslo (2007). Fue dos veces mundialista, Francia 1998 y Corea Japón 2002. Ganó una medalla de plata en Juegos Olímpicos.

Después del Lyn noruego, hizo showbol con Maradona y Sergio Goycochea. En 2009 jugó en la cuarta división argentina con el Atlético Fénix.

Conquisto tres ligas y una Copa Libertadores con River. Con Lazio, en Italia, obtuvo una Serie A, dos Copas y una Supercopa. Una Recopa de Europa  y una Supercopa europea. Con Parma una Copa de Italia.

Era de esos futbolistas recios, propicios para el balompié italiano. No dejaba nada en la cancha como mediocampista, 1.74 de estatura. En ocasiones se excedía de rudeza en balones divididos. En ocasiones, cuando sacaba la guadaña, se excedía de rudeza en balones divididos. No atemperaba sus fantasmas sobre el césped.

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Una de las versiones más descarnada de su historia fue en ESPN Radio Fórmula, de México, antes de llegar a la dirección técnica del club Guadalajara:

“Cuando entras en depresión ya no eres tú. No valoras al de al lado. No valoras nada. Te encierras. No te quieres ni a ti mismo. Entras en una autodestrucción. Me daba cuenta que estaba mal. Pero no tenía la fuerza necesaria para ponerme bien; de la mejor manera que me sentía era estar acostado y con los ojos cerrados”.

Narra sin ambages:

“Fueron cuatro años de depresión. Arranqué disfrutando por dejar el futbol. Eso me duró seis meses. Pero no hacía nada. Llevaba a mis hijas al colegio. Volvía, me acostaba. Me levantaba, me dirigía para traerlas a comer. Las volvía a dejar y me tiraba otra vez en cama”.

Desviste el dolor:

“En un momento empecé con ataques de pánico y hasta sentí que me moría. Sentía que me corría algo adentro del cuerpo. Como una cosquilla interna. Pero ahí iba en el auto, no aguantaba, paraba y me ponía a hacer ejercicio en el piso a ver si se me iba. Quería romper todo. Era algo que me salía de adentro”.

Y remata, como en un suspiro apagado, exculpándose, con ira reprimida:

“No era yo.”

Tras señalar que rechazó las recomendaciones de sus amigos y esposa, en el sentido de que acudiera con un psicólogo,  Almeyda indicó que trataba de disimular esta situación frente a sus tres hijas. Fue imposible.

Finalmente decidió ir con Lu, como le dice con cariño, ante un especialista. Proceso en el que fue fundamental el apoyo de ella y el dibujo de Sofía, que tenía problemas en la escuela, por el infierno cotidiano que habitaba, ella y sus hermanas, con el padre.

A raíz de esto reflexionó sobre el daño que hacía a su familia, lo que le permitió sacar fuerzas para hacer frente a esta situación. Fue a terapia y siguió puntualmente las indicaciones y medicamentos recetados por sus doctores.

Hasta que finalmente puso salir de lo que llama “pozo”.

Cuestionado sobre si en algún momento pensó en atentar contra su vida, Matías Almeyda confesó: “uno llega a pensar cosas feas, todo tipo de cosas. Pero tuve la fuerza suficiente y la ayuda para salir adelante.”

Quizá hizo “química”, por sus adicciones,  con el polémico dueño del equipo, Jorge Vergara. De acuerdo con un reducido círculo de sicoanalistas en la ciudad de México, hace cuatro años, venía de Guadalajara, a la capital del país, a tomar terapia contra su alcoholismo.

Matías logró en año y medio vivió lo impensable: cuatro títulos.

Previamente –con Jorge Vergara como dueño desde 2002, el llamado campeonísimo, que comparte, 12,  con América el primer lugar en títulos ganados en el futbol mexicano– habían pasado 25 directores técnicos y sólo había obtenido una corona, 2006.

Incluso Vergara contó con la asesoría deportiva de Johan Cruyff, artífice de la célebre, poderosa, Naranja Mecánica holandesa. Era un fracaso tras otro.

Mas el “Ferrari”, que según el dueño era el equipo tapatío, estaba ‘desbielado’. El Pastor del Rebaño Sagrado, como es conocido Almeyda, hizo ajuste completo a la máquina y lo hizo funcionar. Cuando menos es un Ford Mustang en la cancha. Seguro, la Federación Mexicana de Futbol, que encabeza Decio de María, –cementerio nacional del balón– lo tiene en la mira como futuro técnico del representativo nacional.

Pela, como es conocido también, es uno de los directores técnicos de la era  Vergara que menos salario devengó.

Todo cambió al momento y que ya entregó títulos.

Previo a su renovación en mayo pasado, su salario no superaba los 30 mil dólares al mes, unos 600 mil pesos. Sus antecesores cobraban entre 90 mil y 150 mil dólares –un millón 700 mil  y dos millones 850 mil pesos, respectivamente–.

Llegó en septiembre de 2015 bajo dudas, críticas y con una imagen de que su “era” duraría poco. Como sus antecesores.

En lo que va de este siglo, ningún equipo del futbol mexicano  ha dado tanta gloria a Matías como Chivas. O quizá sea al revés. Volvió a colocar la etiqueta de campeonísimo al equipo tapatío en lo alto del olimpo de los ganadores.

En total, entre el 2015 y el 2017, su contrato le dejaría 720 mil dólares –más de 13 millones de pesos–, de acuerdo con datos obtenidos por el diario mexicano El Economista.

La renovación —que ocurrió en mayo pasado— tuvo ajustes salariales al alza, con bonos y premios por algunos objetivos. Su salario, al menos, se duplicó: unos 60 mil dólares.

Un contraste: por ejemplo, en su segunda etapa como técnico del Guadalajara, José Manuel de la Torre cobraba cinco veces más que el ahora técnico campeón del club: 150 mil dólares, unos tres  millones de pesos mensuales.

Según un reporte del sitio Cámara Húngara, Vergara ha gastado más de 200 millones de dólares –tres mil 800 millones de pesos– entre fuerzas básicas, fichajes, el proyecto Cruyff y en entrenadores desde que consiguió su última Liga (Apertura 2006) a la fecha.

La publicación detalla que en estrategas destinó 11 millones de dólares, unos 210 millones de pesos.

No es, en definitiva, El Pelado, “filósofo del dólar” –vive del cuento, igual que Jorge Valdano–, como definió en vida el técnico uruguayo, Carlos Miloc a César Luis Menotti, quien dirigió a la Selección Mexicana a principios de la década de 1990.

El Flaco fue campeón mundial como director técnico de Argentina en 1978, donde la dictadura militar dejó una estela de muerte y tortura durante seis años: 30 mil asesinados y desaparecidos. Después de ese título nada ganó.

El estratega argentino llegó a Chivas, luego de haber descendido con el River Plate como jugador y haberlo regresado al máximo circuito como entrenador, así como después de ascender al Banfield.

Su arribo sucedió justo cuando Chivas se encontraba en los últimos lugares de la clasificación general. Incluso peleaba por el no descenso.

Sus futbolistas coinciden que Matías llegó a darle una nueva mentalidad al equipo. Antes era una tortura esférica.
Por donde se le viera nadie disfrutaba en la cancha. El vestidor está unido y gozan cada partido.  Algo que no se veía desde hace mucho tiempo. Trabaja en grupo y de manera individual.

Se nota que ahora  Vergara  no tiene injerencia alguna en las decisiones del cuerpo técnico. También, en cierta medida, vacunó su enfermo protagonismo con la prensa.  Solía ser la noticia, no los jugadores.

El Pelado confía tanto en el futbolista mexicano que piensa que México tiene pasta de campeón del mundo en Rusia 2018. Declaración que causó polémica en el balompié nacional a finales del año pasado.

Aunque hay quienes dudan, en el medio futbolístico nacional, incluso, que el Tri pueda ganar, algún día, una copa FIFA.

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Matías es fanático del oro y cuenta con una enorme colección de cadenas, anillos, pulseras y esclavas. Como cábala siempre trae dos anillos en los dedos medios y anular de su mano izquierda.

También se hizo adicto a los tatuajes. Su piel como lienzo donde plasma recuerdos que lo han marcado. Para que la desmemoria no olvide y la dermis recuerde. Incluso se dibujó la copa del título de liga con Chivas que tuvo en sus manos.

Luego de la conquista del título de liga con Chivas, Maradona, campeón del mundo en México 1986, antes de su adicción a las drogas, envió una sentida felicitación a Matías Jesús que se hizo viral en redes sociales. Se recuerda cómo El Pelusa paseo su pequeña grandeza por dos de las principales canchas del balompié nacional, donde jugó Argentina: México 68’ y Azteca.

Elogió:

“Siempre al frente. Mejor tipo que jugador. Sos una maravilla de tipo. Te quiero mucho. Grandes saludos a todo tu cuerpo técnico. Y es justo. Viste que hay que creer en Dios, que las cosas llegan, Pelado. A vos te llega el momento de la felicidad después de tantos y tantos estúpidos que hablaron. Un abrazo grande, hermano”.

Y disparó, como si lo hiciera con su privilegiada pierna zurda:

“Te quiero mucho.”

Ahora el balón es un rayo de dolor triunfal, como estalactita, en el firmamento de su memoria, donde quedaron sepultados, ojalá para siempre, los demonios de la depresión.

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