Sabado 19 de Agosto de 2017
     

Atlética deidad rarámuri

lorena-ramirez-corredora


Agora Deportiva
Jesús Yáñez Orozco

 

Inexpresivo rostro. Granítico. Diminuta luna argentina quemada por el sol. Tizón encendido, su piel morena. Tiene tatuada, indeleble, en la piel del corazón, la historia ancestral, centenaria, pasión por correr… hasta 10 horas sin parar. Encarna la despreciada, olvidada, raza de bronce en un país roto por la desesperanza y el desamparo, que ha dejado cerca de 300 mil muertos-desaparecidos, los últimos 17 años, en la lucha contra la delincuencia organizada.

Nombre: María Lorena Ramírez. Edad: 22 años. Estado civil: Soltera. Participó en el Segundo ultramaratón Cerro Rojo, en el estado de Puebla, a 130 kilómetros de la capital del país. Es tarahumara–rarámuri, –una de las 24 etnias conformadas por 17 millones de personas– de la sierra de Chihuahua, al norte de México, donde en verano el calor calienta el fuego y el invierno congela el hielo.

En días pasados, fue mirada con el ceño fruncido por las demás participantes. Llegó a una competencia atlética de 50 kilómetros sin la parafernalia de la sofisticada –costosa– vestimenta de los llamados runners –que incluye relojes, para medir ritmo cardíaco, distancia, y lentes para el sol–, en rústicas sandalias, camiseta verde, falda –de algodón— abajo de la rodilla y paliacate rojo.

Sin ningún tipo de ropa que reflejara que participaría una extenuante carrera. Al final ganó. Hizo siete horas y tres minutos. Participaron 500 atletas –hombres y mujeres– de 12 países.

Enterneció su foto. En las redes sociales se hizo viral en lo alto del pódium. Apareció con aquel multicolor atuendo atípico, casi rudimentario, y se hizo viral en redes sociales, con la cantidad del premio a su esfuerzo: seis mil pesos –unos 300 euros—. Contrastó con las otras mujeres. Una de ellas con indumentaria, que podría costar unos 10 mil pesos.

La postal fue compartida, en un santiamén –más de 50 mil veces en Facebook– el 13 de mayo. Una imagen similar de estos atletas quedó grabada en la memoria del tiempo hace 89 años: 1928, en los juegos olímpicos de Ámsterdam, Holanda. Fue la primera vez que los corredores rarámuri eran visibles en muchas partes del mundo.

Lorena parecía vendedora de artesanías que suelen ser malmiradas en las grandes urbes mexicanas. “Marías”, son llamadas con una pátina de desprecio, herencia de la colonia española.

Es, sin embargo, atlética divinidad rarámuri: diosa del viento.

“No llevaba ningún aditamento especial”, aclara  Verne, segmento del diario español El País, (http://verne.elpais.com/verne/2017/05/18/mexico/1495129378_181922.html)
Orlando Jiménez, organizador de la carrera por segundo año consecutivo.

Entrevistado vía telefónica, puntualizó:

“No traía ningún gel, ni dulces para la energía, ni bastón, ni lentes, ni estos tenis carísimos que todos llevamos para correr en la montaña. Solo una botellita de agua, su gorra y un paliacate (pañoleta) en el cuello”.

Tampoco, como muchos atletas urbanos que participan en estas competencias, se somete a extenuantes entrenamientos en gimnasios, con sofisticados aparatos, o en espacios abiertos, que cuentan con entrenador, preparación metodológica multidisciplinaria, incluida la sicología.

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Su historia la retomó el periódico español. Corre, en promedio, entre 10 y 15 kilómetros diarios cuando lleva a pastar vacas y cabras. Su mayor inspiración es la naturaleza. Su colorido. EL verde irremediable de campo. Olores.

El cielo y las estrellas… su historia.

La publicación de la página web Que Todo Tehuacán Se Entere, dedicada a difundir noticias de interés para los habitantes de ese municipio poblano, destacó que Ramírez logró la victoria

“sin chaleco de hidratación, sin tenis, sin licras y mangas de compresión… Sin todos esos gadgets del runner de hoy. Sin andar publicando (en redes sociales) sus kilómetros”.

Su hazaña fue marginada por la industria mediática, pálido reflejo de la discriminación social e institucional que sufren –sólo son tomados en cuenta cuando los señores del poder en México, para lavar su cara de ignominia, desean tomarse la foto con ellos, como es el caso del presidente de la República, Enrique Peña Nieto—, son de los pocos connacionales que dignifican al país que poco tiene de que ufanarse ante los ojos del mundo.

El año pasado, Ramírez quedó en segundo lugar en la afamada Ultramaratón “Caballo Blanco 2016”, en Chihuahua, en la categoría de los 100 kilómetros.

Correr largas distancias es algo habitual en la familia de Lorena. Comienzan, hombres y mujeres, desde su niñez. A la competencia de Puebla asistió con su hermano mayor, Mario, que quedó en el décimo lugar en la categoría de los 30 kilómetros.

Ambos llegaron hasta Tlatlauquitepec, gracias al apoyo de los organizadores del certamen. Para recorrer mil 670 kilómetros hicieron más de dos días de viaje por tierra desde su comunidad, en la Ciénega de Norogachi (municipio de Guachochi), Chihuahua, hasta el Estado de México.

Ahí los recogió el corredor Leonel Aparicio y ese mismo día hicieron otras cinco horas en auto hasta el Pueblo Mágico poblano. Al día siguiente, Lorena corrió 50 kilómetros y resultó campeona.

El año pasado participó en la ultramaratón Caballo Blanco, de Chihuahua, con tres de sus siete hermanos y con su padre, Santiago. Quedó segunda en los 100 kilómetros. Él contó al diario El Universal que corre desde niño, igual que su padre y que su abuelo, con la motivación de “ganar”, “de no perder” y “de no tener hambre”.

Esta historia de triunfo, así como la de los niños triqui –etnia del estado de Oaxaca– que juegan descalzos basquetbol, es una afrenta para el deporte mexicano, que sin apoyo institucional son famosos mundialmente. Sobre todo a través de las redes sociales.

Los indígenas rarámuri son conocidos allende las fronteras por su talento innato para resistir carreras de grandes distancias con solo unas sandalias de suela de llanta de auto, hechas a mano, y correas amarradas a los tobillos y sin suplementos alimenticios. Únicamente se hidratan agua, chía y pinole (maíz). Cuando han intentado usar tenis acaban sin uñas y empollados.

Silvino Cubesare y Arnulfo Quimare, atletas rarámuri, son loa más famosos en el mundo –por sus hazañas en España, Japón y Francia, Austria, Estados Unidos y Costa Rica–. Ganan entre 25 mil y 40 mil pesos por carrera.

Silvino los destina para la educación y alimentación de sus seis hijos. Cantidades que son oro molido, si tomamos en cuenta que el salario mínimo en México es de 80 pesos diarios, cerca de cuatro euros. En el campo suele ser menor.

Los maratones que se realzan en México llegan a dar bolsas de 100 mil pesos en promedio. Que, por lo general ganan corredores africanos. El maratón de la ciudad de México 2017, por ejemplo, dará 550 mil pesos al primer lugar.

Hay una infausta anécdota –hace casi 90 años– de los corredores rarámuri, representantes de México, que contrasta con el triunfo de Lorena. Ocurrió que no consiguió presea en los juegos olímpicos de París, 1924, y Ámsterdam, 1928, donde la esperanza eran los atletas tarahumara.

Diez años después –luego de los estragos de la Primera Guerra Mundial que finalizó en 1918, los Juegos Olímpicos en Ámsterdam, Países Bajos– estaban lejos de ser intrascendentes. Fue sin precedentes en el mundo del deporte.

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Entre otras cosas, porque las mujeres, por primera vez, eran aceptadas en pruebas de atletismo.

En esa competencia, pese al fracaso, por primera vez los tarahumaras-rarámuri comenzaron a tener resonancia mundial.

Alemania, después de 16 años de ausencia en las competencias, fue readmitida como signo de paz y estabilidad mundial. Sin embargo, para México, la historia no fue tan halagüeña, más bien resultó amarga: fue la última vez que se iría de esos juegos sin presea alguna.

Desde ediciones pasadas de los juegos, el desempeño olímpico mexicano no había sido en lo absoluto fructífero, solamente consiguiendo una medalla de bronce en los Olímpicos de París 1900. Hay que ponderar las consecuencias sociales, económicas y políticas, causadas por la revolución de 1910 que concluyó en 1921. No habían dejado mucho espacio para la práctica del deporte recreativo y profesional. Se especializaron sólo en el tiro al blanco.

Aún el país olía a pólvora y muerte.

Entonces, el Comité Olímpico Mexicano (COM), al carecer de atletas calificados, decidió buscar una alternativa para poder conseguir, a como diera lugar, alguna presea.

Ahí es cuando entraron y se hicieron famosos los tarahumaras, una tribu excluida de la sociedad –como a la fecha– en la inhóspita sierra de Chihuahua. También conocidos como rarámuri, término que se puede traducir como “pies ligeros” o “el que bien camina”, tenían una impresionante tradición de correr distancias apabullantes sin inmutarse.

Incluso –uno mito– que mataban a venados de cansancio. La existencia, esencia, de los miembros de dicha tribu se resumía en una palabra: correr.

El deporte no era una simple distracción, sino la vida misma en todo sentido. Correr, para ellos, es sinónimo de sobrevivir. Además, el atletismo trascendía las fronteras de género y de clases sociales.

Los mejores corredores, independientemente de su posición en la tribu, eran merecedores de las más altas condecoraciones y “popularidad” social, según Sergio Pérez Gavilán, en un texto difundido el 27 de abril de 2016 (https://sports.vice.com/es_mx/article/la-tribu-tarahumara-y-los-juegos-olmpicos-de-msterdam-1928-es-translation).

“Para dar un poco de contexto de qué tanto corrían en esa tribu, simplemente voy a decir que tenían un juego de pelota que a cualquiera, hoy en día, le daría literalmente miedo intentar. Pero no porque fuera sanguinario ni mucho menos, sino porque el juego consiste en patear y pegarle con una vara a una pelota de madera hasta cruzar la meta.

La cosa es que la meta podía estar lejos, muy lejos”: alrededor de 200 kilómetros, agrega.

El juego, conformado por dos equipos que buscan pasar su pelota antes que el otro, llegaba a durar dos o más días y todo el pueblo lo seguía y animaba. Los rivales apostaban chivos, gallinas, granos, pieles y algo de dinero

No es de sorprenderse que el COM haya visto a esta impresionante tribu y no haya dudado que tendrían un desempeño “favorable” en el maratón de estas competencias. Llevaron a Ámsterdam a dos hombres con la firme creencia de que, al menos, México se llevaría dos medallas asegurados, fruto de la incomparable astucia rarámuri.

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De entrada, una prolongada travesía por mar debió ser mortal para ellos, su primer adversidad.

El día de la carrera se vivió con emoción y esperanza indiscutible. Sin embargo, hubo un par de elementos que el COM no tomó en cuenta en referencia a sus seleccionados: corrían siempre descalzos. Pero las reglas de los juegos exigían que los participantes usaran tenis y, como consecuencia, los tarahumaras simplemente no estaban cómodos en su calzado.

No sabían que la carrera terminaba a los 42 kilómetros 195 metros. Al final de la competencia, los tarahumaras exclamaban, bañado el rostro de incordio: “¡muy corto!… ¡muy corto!” a los oficiales que les pedían que se quitaran de la meta. Para ellos era irrelevante correr poco y rápido, sino correr mucho.

De hecho, en 1920 recibieron una invitación por el gobierno de Kansas, Estados Unidos, para participar en un maratón. Desistieron. Argumentaron que “solamente mandarían mujeres. Pues ningún hombre, digno de decirse tal, correría tan poquito”.

Según Gavilán, los mortales trayectos que hacían los miembros de la tribu no eran libres de “esteroides”, ya que para aguantar titánicas distancias obtenían un poco de ayuda de una planta que usaban en sus ceremonias religiosas: peyote.

Los hombres terminaron en los lugares 35 y 32 y con los sueños de los dirigentes del COM de llevarse un par de preseas de regreso a México.

En los Juegos de 1968 se volvió a hacer el intento con la tribu de “los pies ligeros” pero el resultado fue similar al de Ámsterdam: fracaso. Desde entonces se les dejó en paz. “Sin molestarlos con nimiedades cómo correr 42 insulsos kilómetros y, espero, la tribu sigue llevando a cabo su ritual deportivo con un peyotazo para, de perdida, disfrutarlo”, concluyó.

El triunfo deportivo de Lorena Ramírez, como el de los niños triqui, es un remanso de esperanza en un país roto, casi fantasmal.

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