Jueves 19 de Octubre de 2017
     

Los años del plomo

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  • 17 historias de japos –entre 30 mil– muertos/desaparecidos

  • Sucedieron durante la dictadura argentina –1976-1982–

  • No Sabían que Somos Semillas…, libro de Andrés Asato

 

Por Jesús Yáñez Orozco

 

“El deber del superviviente es dar testimonio de lo que ocurrió, (…) hay que advertir a la gente de que estas cosas pueden suceder, que el mal puede desencadenarse. El odio racial, la violencia y las idolatrías todavía proliferan”: Elie Wiesel, húngaro de nacionalidad rumana, Premio Nobel de la Paz (1986), sobreviviente de Auschwitz.

Ciudad de México.- Un libro cumple su cometido cuando hace llorar o reír: llega al alma. Desata el nudo gordiano de goce o dolor que tiene atado al corazón con cordón invisible de sueños y pesadillas. Razón y sinrazón, en dialéctica permanente. Liberadores llanto y risa, desde la palabra. Cada párrafo Hace que el lector exhale permanentes suspiros, jirones de desesperanza, sordos gritos de impotencia.

No Sabían que Somos Semillas…, libro del periodista Andrés Asato –160 páginas–, réquiem que se convierte en himno de vida, narra la historia de 17 jóvenes asesinados/desaparecidos –de origen japonés– entre los 30 mil ocurridos durante la dictadura militar argentina, de 1976 a 1982, una de las más feroces de América Latina, que cumplió 40 años.

“Guerra Sucia”, se llamó.

Porque cómo entender la herida de sangre y dolor que dejó el régimen militar de ese entonces –y que aún supura en la piel de las Abuelas de la Plaza de Mayo— si no es con una frase desesperanzadora de la colonia japonesa argentina: nunca imaginaron que pudiera haber algo peor que las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, lanzadas por aviones estadounidenses en 6 de agosto de 1945, y que se convirtieron en la rúbrica mortuoria de la Segunda Guerra Mundial.

Fueron “los años del plomo”, resumió Yoko Oshiro, hermana de Oscar, uno de los Japos desaparecidos, “cuando hablar, mirar y escuchar era peligrosos”. Eran “subversivos”. Significaba tener un boleto gratis a la muerte, la tortura, la desaparición forzada.

Gabriela, la hija, tenía cinco años cuando su padre – Oscar, abogado laborista– desapareció el 21 de abril de 1977.

Hace casi 40 años. Narra, radicada en Estados Unidos, en el texto introductorio, del capítulo Con Alma Tanguera y Pasión Quemera, cómo pasó “más de 20 años dibujando, pintando caras y, sobre todo, ojos desconocidos”.

Así cargó “esa mochila emocional” con “esa esperanza que nunca muere”: darle rostro al padre.

Porque el rostro que intentó pintar “era el de mi padre, Oscar Oshiro, volví a buscar a esa persona que de un día para el otro desapareció, sin que sea su voluntad, y dejó a una niña de cinco años, desconcertada. Sin saber qué sentir”.

Y más:

“Busqué relajarme, encontrar las palabras que podría haber pronunciado mi padre, tan sabio, optimista, idealista. Él tenía una idea y estaba dispuesto a luchar por ella. Sin tirarse atrás…”

Por eso su “necesidad”, de “pintar no sólo a mi padre, sino también a los que como el ya no están con nosotros”.

En el corpus de la historia, Yoko, la hermana de Oscar, recuerda las palabras de plomo del dictador, general Rafael Videla, disparadas desde la televisión, velada amenaza, a millares de hogares mudos, amordazados, silenciados, por la desesperanza e indefensión:

“Mientras sea un desparecido no puede tener ningún tratamiento especial. Es una incógnita. Es un desaparecido. No está, ni muerto ni vivo. Está desaparecido”.

Igual que los 43 normalistas de Ayotzinapa.

“La guerra sucia” vestida de verde olivo, pistolas y rifles –que vomitaban muerte– y botas que pisaban almas rebeldes hasta hacerlas añicos.

También fue festín de balas enmascaradas en el balón de futbol: en 1978, la selección Argentina se coronó –algunos argumentan que la Junta Militar “compró” el título, tras la goleada 6-0 a Perú– campeona del mundo, tras vencer a Holanda, de la mano del técnico César Luis Menotti. Quien, en 1990, dirigió a México, y se convirtió en un parteaguas del balompié de este país. Cambió la mentalidad de la Selección Nacional, llamados Ratones Verdes.

Los jóvenes desaparecidos, de origen japonés, en su mayoría, solían practicar rugby –no futbol–, deporte de considerable y antigua difusión en Argentina. En 1873 –poco después que un partido de futbol, en 1967– se jugó el primer partido de rugby.  Y en 1899 se fundó la River Plate Rugby Championship, antecesora de la Unión Argentina de Rugby (UAR). Tiene registrados, en todas las categorías, desde infantiles, entre 50 mil y 100 mil jugadores.

Mientras, durante la “Guerra Sucia”, en las mazmorras, era común la tortura con picana eléctrica. A otros, con menos suerte, los lanzaban al mar, atados de pies y manos, desde aeronaves. Un puñado logró asilo político en México. Se convirtieron en Argenmex.

Era la época álgida del rock and roll, la música de protesta, la mariguana, en signo de amor y paz –popularizado en el festival de Woodstock– los pantalones de mezclilla, abrazar la ideología de Carlos Marx –biblia terrenal, lejos del ansiado cielo, convertida en infierno– que tenía a Cuba como referente inmediato, esperanza de un verde irremediable en América Latina que se deslavó con el paso del tiempo, hasta convertirse en frustración.

Leían a los poetas malditos: Charles Baudelaire, François Villon, Aloysius Bertrand, Antonin Artaud, Olivier Larronde, Innokienti Ánnienski, John Keats, Federico García Lorca, Alejandra Pizarnik, Edgar Allan Poe, J.C. Onetti, Arthur Rimbaud, Isiddore Ducasse, Stephan Mallarme.

Mafalda, incluida.

Eran jóvenes antisistémicos, como podrían denominarse ahora. Ansiaban cambiar al mundo. Hacerlo lo justo (“… que la tierra es nuestra, es tuya y de aquél…”). Preferían morir que vivir de rodillas ante el capitalismo feroz que se metamorfoseó en eufemístico neoliberalismo.

Osaron pensar que el futuro era de ellos. Convencidos que la libertad no se pide, se toma. Algunos de los protagonistas de esta historia vivían en la permanente incertidumbre. No sabían si, al salir cada mañana a sus labores, volverían a regresar a sus hogares.

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La contraportada, No Sabían que Somos Semillas…, hace referencia a un hecho que cimbró al mundo, vía redes sociales– la desaparición forzada de 43 normalistas de la escuela Isidro Burgos, de Ayotzinapa, ocurrido el 26 de septiembre de 2014, y que a la fecha sigue sin resolverse, debido a la crónica opacidad del gobierno del presidente Enrique Peña Nieto:

“Nuestros hijos no son criminales. Son personas que apenas estaban empezando a estudiar su carrera. Querían ayudar a los demás”. Son voces anónimas que bajan desde Ayotzinapa, una pequeña aldea del estado mexicano de Guerrero, con la misma sed de justicia que movilizaron a nuestras Madres y Abuelas de Plaza de Mayo (Argentina).

Agrega:

“La desaparición de 43 estudiantes vuelve a golpear los frágiles cimientos de una sociedad como ocurrió en Argentina en los años 70 cuando grupos parapoliciales, primero, y luego la dictadura militar llevaron adelante un plan de exterminio que tuvo en la desaparición forzada de personas la forma más violenta de desaparición forzada de personas –entre ella 17 jóvenes de origen japonés– su forma más violenta de represión institucionalizada, encubiertas bajo la llamada Doctrina de Seguridad Nacional.

andres-asatoJuan Andrés Asato nació en Ramos Mejía. Es periodista egresado de la Escuela Superior de Periodismo del Instituto Grafotécnico, de Buenos Aires. En 1994 realizó un diplomado sobre Historia Universal, “Los cambios de fin de siglo”, en la Universidad Iberoamericana de México.

 

Inició su carrera periodística en el diario de la colectividad japonesa en la Argentina, La Plata Hochi. Fue redactor en la sección deportes del Diario La Razón y columnista de futbol en las revistas Soccer Digest, World Soccer Digest y Soccer Magazine de Japón.

En la actualidad se desempeña en distintos medios gráficos de la Argentina. Entre ellos el Diario La Nación y la Revista ISALUD. Es columnista en el programa radial Vamos Que Venimos, que se transmite por streaming en www.larz.com.ar

La dictadura militar argentina fue parte de la Operación Cóndor, rabiosa lucha anticomunista, orquestada desde la Casa Blanca, vía la temible Agencia Central de Inteligencia (CIA) durante las décadas de los 70s y 80s. También se denominó “Guerra Sucia”.

Ocurrió, sobre todo, en Sudamérica –Chile, Argentina, Paraguay, Bolivia, y, esporádicamente, Perú, Colombia, Venezuela y Ecuador. El pretexto de Estados Unidos era combatir cualquier tufillo socialista, como fue a hacerlo al otro lado del mundo, Vietnam.

Historia de desaparecidos que catapulta el discurso neofascista del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, con la bendición de Dios, desde que asumió el poder, el pasado 20 de enero, discurso xenófobo en contra de inmigrantes musulmanes y mexicanos. Ha convertido en infernal pesadilla el American Deam.

Ahora, el pretexto del presidente Trump son los “bad hombres”, terroristas –musulmanes e inmigrantes, mexicanos en particular, con la construcción de un muro en la frontera sur y la lucha antidrogas— para garantizar la seguridad y el empleo de los estadounidenses. Incluso acaba de amenazar con imponer el poderío militar al diplomático, dentro y fuera de su territorio.

El anticomunismo pasó a la historia como un monstruo abominable.

Los inmigrantes nipones tuvieron que hacen un trayecto de casi 18 mil kilómetros para asentarse en su nueva patria, ahora con hijos, nietos y tataranietos. Huyeron de los horrores de las dos guerras mundiales del siglo pasado. Cada centímetro de ese viaje –la mayoría por mar–era un eslabón de esperanza de una patria mejor.

No fue así durante la dictadura militar.

Juan Carlos Higa, talentoso, de palabra fácil y hondura discursiva, escribió antes de su desaparición, que Asato consigna:

Soy el peregrino ausente de mi tiempo,
El eco más allá de las palabras
El recuerdo un poco más acá de cada abrazo.
Soy el que busca ternura como el minero los metales,
Jadeante y silencioso, osco,
Guardando en las entrañas de mi pecho el más hondo secreto.
Soy el buscador de ternuras,
Una especie de minero que clava el pico
En la morada del amor cada mañana.
Asato, generoso, invitó a colaborar en su libro a quien esto escribe. Aparece en la página 87, sobre lo que representa la inmigración, como preámbulo al capítulo “Al Compás del tintorero”:
Sin darnos cuenta todos somos extranjeros en la tierra.
Más la sangre borra toda nacionalidad bajo la piel.
Todos la tenemos teñida del mismo color.
El tono de la dermis, pienso, es un accidente geográfico.
Con solo mirarla, suele aterrarnos la diferencia del otro, la otra.
No nos percatamos que, lo único que los iguala –además de la sangre— pobres y
ricos, es una inconmensurable Trinidad: amor, dolor y locura.
La encontramos, sobre todo, en libros.
¿Ejemplos?: EL Quijote de la Mancha, La Metamorfosis, El Principito…
La Literatura, digo a los jóvenes, nos hace mejores seres humanos o menor peores.
La historia de Ricardo Dakuyaku, y que en este texto renace, es un ejemplo.
Aprendemos a aceptar la diferencia a través de ellos.
Se es lo que se lee.
Porque todos somos iguales a la luz de la luna y bajo el rayo del sol.

El ocaso de la dictadura militar argentina comenzó a escribirse cuando perdió la llamada Guerra por las Malvinas, en abril de 1982, isla que se encuentra dentro de su zona limítrofe, ocupada por Gran Bretaña. Inglaterra tuvo el apoyo de Estados Unidos y la Comunidad Europea. A esa derrota se sumaron dos lastres: la división dentro de la Junta y la crisis económica se había recrudecido.

Finalmente, el 10 de diciembre de 1983, significó la vuelta a la democracia, luego de siete años y casi nueve meses de gobiernos militares. Ese día, Raúl Alfonsín asumió la presidencia, vía el voto.

Fue sepultada la dictadura militar.

Pero no el dolor.

También escribió Elie Weisel, fallecido el 2 de julio pasado, con el horror del Holocausto asomado a sus ojos sobre lo que representan los asesinados/desaparecidos:

“Olvidar a los muertos, es matarlos de nuevo”.

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