Miércoles 29 de Marzo de 2017
     

Nicaragua, de la dictadura de Somoza a la de Daniel ortega

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José Luis Ortiz Santillán

Las elecciones en Nicaragua enfrentan de nuevo las ambiciones por el poder frente a la democracia por la que murieron miles de hombres y mujeres en Nicaragua. La revolución en cualquier país no puede estar erigida en un hombre, la mejor forma de hacerlo es que ésta descanse en el pueblo, en la mayoría de él, y en su partido. En el caso de Nicaragua, el Daniel Ortega se ha apropiado de una revolución que hizo el pueblo, de un partido, el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) que aglutinó durante muchos años los mejores hombres y mujeres de Nicaragua que aspiraban a trasformar su país, hoy distantes del FSLN.

Daniel Ortega no disparó un solo tiro durante la guerra contra Anastasio Somoza, en los años más álgidos de la lucha guerrillera permaneció en la cárcel; por lo que considerarlo “ex guerrillero sandinista” es ofender la memoria de los caídos y a los miles de combatientes que durante los años postrevolucionarios fueron separados del ejercito y condenados a la miseria, cientos de ellos ex guerrilleros convertidos en oficiales del ejército popular sandinista, con grados militares y formación militar en los países ex socialistas de Europa y Cuba, incluso en México.

No se trata de la dictadura del proletariado, sino de las ambiciones del poder de un hombre, como si fuera una enfermedad y una condena para los nicaragüenses, que tomaron las armas para luchar contra la dictadura de Somoza, la ambición de ir por un tercer mandato, y si se puede, por un cuarto mandato, ya veremos. Pero ahora la modalidad es que quien fuera la secretaria de Pedro Joaquín Chamorro, Rosario Murillo, la esposa de Daniel Ortega, ahora será la vicepresidenta del país.

No hay nada que hacer, salvo que un atentado terminara con su vida, lo cual no va suceder, Daniel Ortega será este domingo proclamado presidente de Nicaragua por tercera ocasión de manera consecutiva desde que volvió al poder en 2011; por cuarta vez si consideramos los años de revolución en que ejerció la presidencia, de 1985 a 1990.

Las encuestas de otorgan el 69.8% de las preferencias al candidato del FSLN, frente a su competidor más cercano que sólo cuenta con el 8%. Ahora no será la dinastía de Somoza, sino la dinastía de los Ortega-Murillo, de tal suerte que si su hermano Camilo Ortega, que murió combatiendo, reviviera se sentiría avergonzado pues no se trata de la dictadura del partido del pueblo, del FSLN, sino de un hombre que supone que lejos de él no existen hombres y mujeres mejor calificados para conducir un gobierno.

Ni Jaime Wheelock Román, Luis Carrión Cruz, Víctor Hugo Tinoco, Dora María Téllez Argüello, Mónica Baltodano, Víctor Tirado, Henry Ruiz, Ernesto Cardenal, ni Gioconda Belli, ninguno de ellos ha sido mejor para Daniel Ortega para dirigir los destinos de Nicaragua, por esa razón abandonaron el FSLN y fundaron el Movimiento Renovador Sandinista (MRS).

Después de Haití y Honduras, Nicaragua sigue siendo unos de los países más pobres de la región, con el 30% de los más de 6 millones de personas viviendo en el umbral de pobreza. En los últimos años, Daniel Ortega ha sido capaz de aumentar su popularidad gracias a los acuerdo con Venezuela para obtener petróleo y poner fin a los racionamientos de energía eléctrica, a las enormes colas para obtener gasolinas, pero sobre todo a los programas sociales y a sus alianzas con los empresarios. Ello le ha permitido a la economía nicaragüense crecer en alrededor de 5%, en promedio anual, desde 2011.

No podemos sumarnos al respaldo a Daniel Ortega por considerar que él y el FSLN encarnan las fuerzas revolucionarias de Nicaragua, ni por suponer que al hacerlo nos curamos en salud como revolucionarios, porque Ortega no representa ya las fuerzas transformadoras de la sociedad nicaragüense ni de América Latina. Estamos frente a una transformación de las fuerzas progresistas y revolucionarias en el mundo, en un proceso en el cual la socialdemocracia y el populismo tratan de confundir y atomizar a los revolucionarios, donde éstos tienen que dar un salto cualitativo para tomar de nuevo la vanguardia en la lucha por los cambios sociales en el planeta.





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