Martes 22 de Mayo de 2018
     

Internet, mortaja de la telepatria

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(México y su Trinidad Diabólica, castigo divino: PRI-Estados Unidos-Televisa: YOJ)

 
Agora Política
Jesús Yáñez Orozco

 
La imagen es una triste metáfora de lo que representa la televisión en México. Ocurrió durante la entrega de receptores analógicos, cuyo apagón estaría por concluir el próximo 31 de diciembre en todo el país –pues al parecer se prorrogará–: la hija o nieta, cansada de cargar la caja correspondiente –unos cuatro kilos de peso– con el lema “mover México”, baja a la octogenaria madre o abuela de la silla de ruedas para transportar el aparato, oronda, sin pena ni rubor alguno.

Mientras ella, la anciana, va caminando, sosteniéndose de los barrotes de un inmueble, a riesgo de su salud.

O sea: cuando la televisión –llamada en algún momento por sociólogos, la “caja idiota”— sustituye a nuestros seres más queridos, gracias a que ha moldeado nuestro pensamiento.

Aunque, también, la imagen puede tener otra lectura: la verdadera enferma en la televisión.

Porque la telepatria es la única que da verdadero sentimiento de pertenencia. Sustituta de los héroes, la bandera y el himno nacional. Entre otras cosas, porque los políticos se los pasan por el Arco del Triunfo.

En total, en México, se calcula que unos 90 millones poseen aparato de tv, de los 121 millones de habitantes.

En contraste la firma de investigación MoffettNathanson informó que durante el primer trimestre de 2015, 31 mil estadounidenses cancelaron sus servicios de televisión de paga. En cambio, los usuarios de streaming (descarga y reproducción) aumentaron 271 mil. En 2013, la televisión de paga perdió 95 mil clientes en el país de las Bardas y las Estrellas; en 2014, 125 mil.

Analistas prevén que 2015 superará por mucho a los anteriores.

Poca de su audiencia toma consciencia que el Ojo de Vidrio es su peor enemigo en casa, hasta convertirse en teleadicto. Así ha sido de generación en generación.

En el colmo, aunque no la veamos o escuchemos, la mantenemos encendida, horas y horas, como si fuera un ser silente que necesitamos a nuestro lado. Aterra la soledad.

Hace muchos años, quizá medio siglo, aquella frase de Carlos Marx de que la religión es el opio del pueblo, se convirtió en una pálida sombra al lado de la televisión.

Hay quienes, en contraste, han superado la teledroga cuando lo han sustituido por el hábito de la lectura. Dan testimonio las redes sociales. Hace unos, meses apareció uno en el diario La Jornada, en la columna Dinero, de Enrique Galván Ochoca.

Explicaba que se había deshecho de su aparato receptor. Y, para estar informado, recurría a internet, por la variedad de puntos de vista de las diferentes plataformas informativas –páginas web, portales blogs, You Tube… algo que no existe en la televisión, en general.

Y su consumismo, reconocía, se había reducido considerablemente. Al extremo que había dejado de consumir Coca Cola y alimento chatarra.

Por el tono de sus palabras era como si se hubiera despojado de una pesada losa en el pensamiento y el corazón, que le impedía caminar ligero por la vida.

Suele cumplirse aquello de: dime cuántas horas miras televisión y te diré quién eres.

Espejo de ignorancia de un pueblo.

Pero nadie, quizá, imaginó que internet y sus redes sociales se convertirían en la mortaja de la televisión mexicana, pública y privada –TV-Azteca, Televisa y los canales 11 y 22 del gobierno– cruzando el dintel del siglo XXI.

Porque en el trasfondo del feroz consumismo que padecemos –y que, entre otras cosas, nos hace el país más obeso del mundo, infantil y adulto, además de droga visual y mental– es la publicidad y su principal, y más eficaz, vía: la televisión.

Así lo explica Artur Manfred Max Neef, economista, ambientalista y político chileno, autor de varios libros, ganador del Right Livelihood Award en 1983, y candidato a la presidencia de Chile en 1993:

“Seguir forzando el crecimiento para consumir más y seguir produciendo una infinita cantidad de cosas innecesarias, generando una de las instituciones más poderosas del mundo como lo es la publicidad, cuya función es una y muy clara: hacerte comprar aquello que no necesitas, con plata que no tienes, para impresionar a quienes no conoces”.

Todavía está vivo el recuerdo cuando la televisora más poderosa de México, Televisa, se ostentaba como “soldado” del presidente de la República en turno. Mas era el eufemismo para enmascarar lo que en realidad es ese perverso medio de comunicación: fábrica de hacer mentiras verdades y verdades mentiras al servicio de los poderes fácticos.

Aunque, ahora es a la inversa: el mandatario es el “soldado” de las Dinastía Azcárraga –ahora con Emilio III a la cabeza— erigida en “general” de las fuerzas armadas de dominación informativa-ideológica del pueblo.

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Por ejemplo, el año antepasado, el gobierno reembolsó dos mil millones de pesos a Azcárraga Jean, en impuestos, vía la secretaría de Hacienda que encabeza Luis Videgaray.

Otra prueba del pago de favores al Canal de las Estrellas del llamado telepresidente, es que el cacareado apagón analógico: la sustitución de televisoras viejos por nuevos –o utilizar los antiguos con un adaptador. Hace unos días se habían entregado nueve millones de ellos a personas de escasos recursos.

Y la pregunta es ¿por qué no se invirtió en lo que más apremia? Como salvar de morir de hambre a poco más de 11 millones de personas en este momento, mejorar escuelas públicas, pues hay muchas que ni baños tienen, o “obsequiar” libros para fomentar la lectura, hábito que sólo tienen tres millones de los 121 millones de habitantes y que nos enseña a pensar, no a memorizar, que es la inteligencia de los tontos, como ocurre con la educación pública hace décadas.

En contraste, en Japón el 91 por ciento de al población tiene la costumbre de leer.

La entrega de los aparatos analógicos es parte del irrefrenable populismo, que caracteriza al PRI desde que su abuelo, el PNR, llegó al poder en 1929.

Y coincidencia o no, el principio del ocaso de la televisión, en general en México, comenzó con la muerte de Roberto Gómez Bolaños, Chespirito, hace poco más de un año –aunque sus programas siguen difundiéndose– y la reciente sepultura de Chabelosaurio –le llaman algunos cibernautas– y su programa En Familia, que apareció todos los domingo, durante casi medio siglo –47 años–, convirtiéndose en el más añejo y anodino de la televisión.

El escritor y filósofo italiano, Umberto Eco, también habló de la televisión cuando criticó duramente las redes sociales por haber generado una “invasión de imbéciles”, ya que “dan el derecho de hablar a legiones de idiotas”  porque primero “hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos rápidamente eran silenciados, pero ahora tienen el mismo derecho a hablar que un Premio Nobel”.

“Es la invasión de los imbéciles”, remató Eco, según el diario italiano `La Stampa´.

“Si la televisión había promovido al tonto del pueblo, ante el cual el espectador se sentía superior… drama de Internet es que ha promovido al tonto del pueblo como el portador de la verdad”, resumió Eco.

El año pasado el escritor y filósofo italiano admitió, resignado, que “no se puede frenar el avance de Internet”.

El semanario Proceso, en su página web difundió, el pasado 28 de mayo, bajo la firma de Juan Pablo Proal, un interesante análisis sobre la virtual desaparición de la televisión como se conoce hasta ahora, titulado La agónica muerte de Chabelo.

Dice:

La televisión, el medio que reinó en la segunda mitad del siglo XX, ha sido condenado al ostracismo. Los especialistas en el tema y las tendencias apuntan a una misma dirección: La pantalla chica se volvió prescindible. Irremediablemente, comenzará a perder su hegemonía y los abundantes privilegios políticos de los que gozó.

Vinton Cerf, uno de los padres de internet, anticipó durante su intervención en el Festival Internacional de Televisión en Edimburgo: “Va a seguir necesitándose la televisión para ciertas cosas, como las noticias, los acontecimientos deportivos y las emergencias, pero va a ser casi como con el iPod, en el que puede descargarse el contenido para visionarlo más tarde”.

En la misma dirección apunta Ignacio Ramonet, especialista en medios y exdirector de la revista de Le Monde Diplomatique: “El gran monopolio del entretenimiento que era la televisión en abierto está dejando de serlo para ceder espacio a los medios digitales. Cuando antes un cantante popular, por ejemplo, en una emisión estelar de sábado por la noche, podía ser visto por varios millones de telespectadores (unos 20 millones en España), ahora ese mismo cantante tiene que pasar por 20 canales diferentes para ser visto a lo sumo por 1 millón de televidentes”.

El director de YouTube en América del Sur, John Farrell, estima que para 2020 el 75 por ciento de los contenidos audiovisuales serán consumidos vía internet.

En México la televisión tradicional aún goza de salud, pero el panorama camina hacia un lento e inevitable regicidio.
Los estudios más recientes indican que la población sigue consumiendo los programas de las cadenas abiertas y los servicios de paga registran una tendencia al alza. No obstante, al mismo tiempo la población más joven comienza a mostrar desinterés por la señal tradicional.

Los sectores con más recursos tampoco esconden su hartazgo por los contenidos de siempre y están optando por comprar servicios de streaming, principalmente de la plataforma Netflix.

De acuerdo con el Instituto Federal de Telecomunicaciones (IFT), los niños mexicanos son quienes más televisión ven en todo el mundo, con un rango de 4 horas con 34 minutos. Los alemanes ocupan el último sitio, con una hora y 33 minutos.

El 95 por ciento de los hogares mexicanos cuenta con televisión y el promedio de consumo es de nueve horas y 25 minutos, de acuerdo con la agencia IBOPE AGB.

La televisión de paga continúa al alza. De acuerdo con el IFT, en 2013 había 14 millones 654 mil usuarios, superiores a los 10 millones 44 mil de 2010.

No obstante, expertos anticipan que también en México estas tendencias están por cambiar. La investigadora mexicana Ana Cristina Covarrubias, directora de la empresa Pulso Mercadológico, concluyó en un estudio que el 29 por ciento de quienes cuentan con televisión la utilizan como pantalla para ver películas que no forman parte de la programación televisiva, como DVD/Blu-ray o Internet/Netflix.

En este tema, México ha sido bautizado como “la joya de Netflix en Latinoamérica”. La consultora The Competitive Intelligence Unit indica que en el país hay cerca de 2 millones de usuarios de video por suscripción y, de estos, Netflix concentra a 1.4 millones, el 70 por ciento.

Ayer, el periódico El Financiero reveló que Televisión Azteca ha perdido el 42 por ciento de su valor en el último año, derivado de la migración de anunciantes a servicios streaming y televisión de paga.

Hasta ahora, la televisión mexicana sigue siendo pieza clave en el juego electoral de la clase política.

Los partidos postulan a estrellas de la pantalla chica, promueven a actrices como primeras damas y el gobierno regala reproductores con fines electorales, amén de gastar una fortuna en publicidad televisiva (tan sólo en 2014, el gobierno de Enrique Peña Nieto pagó a Televisa 144.2 millones de pesos y a Televisión Azteca 83.4 millones).

Los medios masivos responden con agradecimiento. Ocultan las tropelías de la administración pública, elevan sus logros a milagros modernos y atiborran sus contenidos de programación sosa e inocua para el statu quo.

Pero, ya está dicho, no será por mucho tiempo.

En breve veremos la agónica muerte de Chabelo, Galilea Montijo, Andrea Legarreta, Laura Bozzo, Patricia Chapoy y los demás representantes de la llamada “televisión basura”.

La riqueza y vastísima competencia de contenidos que ofrece internet poco a poco debilita a los grandes medios. Las nuevas generaciones tienen otras necesidades, patrones e intereses. Es inevitable: la televisión está herida de muerte.

Con la feroz velocidad de los tiempos que corren, será cuestión de un parpadeo para que veamos que “El soldado del PRI” cayó en la batalla por sobrevivir a la modernidad.

Así como la telepatria, se convirtió en uno de los principales enemigos de la sociedad, la internet puede llegar a ser la Ciberdictadura Perfecta de la Sinrazón.

La gran ventaja: cada quién, en su libre albedrio, decide si se convierte en ciberadicto o no.

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