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Satánica Bendición no Tener Facebook

 

Agora Política
Jesús Yáñez Orozco

 

C

uando un individuo se masifica, sin percatarse, es manipulado. Sobre todo como teleadicto, ante el ojo de vidrio. O forma parte de las redes sociales –ciberdictadura perfecta de la sinrazón–, Facebook, en particular.

Porque sentimos que estamos ausentes si no formamos parte de la masa, la turba, donde, por lo general, logramos sacar nuestros sentimientos más primitivos, conscientes o inconscientes. Y sea en cualquier ámbito: partido político, religión, deporte, profesión, espectáculos.

A nada escapamos.

La barbarie da sentimiento de pertenencia.

Mortaja silenciosa.

Porque, en sentido estricto, tememos a la soledad. Estar solos aterra. No sabemos que, aun acompañados, estamos solos.

Rechazamos, de manera natural, ser parte de la nada.

No toleramos la “Insoportable levedad del ser”, titulo de unos de los célebres libros del escritor checo Milan Kundera.

Alarma cómo, en poco más de dos décadas –a partir de la aparición de los teléfonos celulares—y luego de la internet, el ser humano se deshumanizó gracias al Dios ciberespacio a través de celulares y computadoras: a más tecnología, menos comunicación.

Es el mayor Big Brother de la globalización.

Una versión del Siglo XXI de la novela “1984”, de George Orwell, donde la intimidad-conciencia es sujeta de control por el poder político-económico.

Lo que se llama ahora gobierno globalizado. Ya no son las grandes potencias –Estados Unidos o China– quienes lo ejercen sino los grandes empresarios.

“Lo económico determina lo político”, advierte Charly Marx.

Es curioso que a través de las redes sociales, `mensajeamos´ más –con una escritura que muchas veces parece sánscrito— mediante celulares y computadoras, y hablamos poco.

Cruda paradoja.

Dejamos de vernos a los ojos. La mirada del otro o la otra ya no nos devuelve lo que somos. A través de las redes sociales, elucubramos de nosotros mismos lo que creemos que somos.

Igual con la televisión.

Nos proyectamos a través de ella.

Con la tecnología, en las últimas dos décadas, parecen eclipsados los últimos dos mil años de historia sobre la faz de la tierra.

El escritor y filósofo italiano, Umberto Eco, criticó duramente dicha herramienta. En particular, acusó a las redes sociales de haber generado una “invasión de imbéciles”, ya que “dan el derecho de hablar a legiones de idiotas”.

La opinión del semiólogo se hizo viral en las mismas redes sociales criticadas. Casi todos se indignaron, porque en cierta medida tenía razón.

“Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos rápidamente eran silenciados, pero ahora tienen el mismo derecho a hablar que un Premio Nobel”, comparó.

“Es la invasión de los imbéciles”, remató Eco, según el diario italiano `La Stampa´.

El drama de Internet, abundó, es que ha “promovido al tonto del pueblo como el portador de la verdad”.

“Si la televisión había promovido al tonto del pueblo, ante el cual el espectador se sentía superior… drama de Internet es que ha promovido al tonto del pueblo como el portador de la verdad”, resumió Eco.

El año pasado el escritor y filósofo italiano admitió, resignado, que “no se puede frenar el avance de Internet”.

En aquel entonces, Umberto Eco señaló que el problema de la red “no es sólo reconocer los riesgos evidentes, sino también decidir cómo acostumbrar y educar a los jóvenes a usarlo de una manera crítica”.

Algo que casi nadie hace.

Desde mi perspectiva fue una verdad a medias fue la polémica aseveración de Eco respecto a que las redes sociales estaban plagadas de imbéciles.

Primero: los sabios e intelectuales, también tienen su dosis de pendejez, con o sin Internet.

Nadie escapamos.

Segundo: las rede sociales cumplen un papel importante cuando no masifican y, sí, informan y forman al individuo.

A principios de este noviembre, la empresa de Mark Zuckerberg informó que tiene mil 500 millones de afiliados–de los más de siete mil millones de habitantes. Cuenta con 200 mil más que el Islam, con mil 300 millones— religión con el mayor número de miembros en el mundo.

En México, en promedio, el 51 por ciento de la población –más de 60 millones de usurarios, de ellos 50 millones tienen “muro” en Facebook— acede a internet. Desde los teléfonos móviles, la red más visible.

Me entristeció mirar cómo, a raíz de los ataques terroristas del Estado Islámico al corazón de París, que dejaron más de un centenar de muertos, algunas versiones dan la cifra de 130 y otros 140,  Facebook, cuyo dueño es originario de Nueva York, Estados Unidos –donde ocurrieron los atentados del 11 de septiembre de 2001– promovió, sin imparcialidad alguna, un “filtro opcional” para todos los usuarios de la red sonde aparecía en segundo plano su rostro.

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A raíz de estos hechos circuló esta versión en redes sociales:

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En esta ocasión, el filtro pretende solidarizarse con las víctimas del atentado convirtiendo la foto de perfil del usuario en una imagen que funde la original con los colores de la bandera de Francia.
Por supuesto, minuto tras minuto, los usuarios van utilizando la herramienta, llevados por el choque emocional que suponen los ataques en la capital francesa.
Es evidente (aunque no creo que sea deseable) que en el mundo hay muertos de primera y muertos de segunda, incluso de tercera y cuarta. Es hasta cierto punto entendible que a un ciudadano europeo le aflija más un atentado en París que otro en Beirut.
De hecho, si tenemos en cuenta la cobertura mediática que se hace de uno y de otro sería de extrañar que a un ciudadano del Estado español, por ejemplo, le afectara más un ataque terrorista en Líbano que uno en Francia.
La manipulación colectiva por parte de los grandes medios de comunicación es evidente.
El silencio que impera o la frialdad a la hora de exponer cifras de muertos cuando se trata de un atentado que ha tenido lugar en el conocido como Mundo Árabe contrasta con el dramatismo de la exposición cuando se trata de un atentado en territorio europeo o norteamericano.
Y aunque esta estrategia comunicativa es un modelo de éxito a la hora de crear ciudadanos y sociedades de primera y de segunda, cada vez son más los europeos que entienden que están siendo manipulados y que tratan de apartarse de la influencia de los grandes medios que con su acción o inacción construyen muros entre sociedades que parecen infranqueables.
No obstante, al tratarse de una novedad, el filtro de Facebook supone un peligro que coge a la mayoría de internautas con las defensas especialmente bajas.
Utilizar el filtro de Facebook para solidarizarse con las víctimas de los atentados en París es apoyar una visión del mundo en la que sólo preocupan las muertes de ciudadanos occidentales. Mediante este pequeño gesto se construye un muro más en esta fortaleza del siglo XXI que es Europa, llena de súbditos muertos de miedo que regalan su sentido crítico a empresas e instituciones públicas a cambio de un poco de sensación de seguridad.
En el Líbano, el Iraq, en Irán y en cualquier lugar del mundo, cuando estalla una bomba o cae un misil hay hermanos que sufren, padres y madres que se desmayan al conocer la noticia, amigos que buscan desesperados pistas para encontrar a compañeros de instituto o del trabajo. Es entendible (aunque no creo que sea deseable) que a un ciudadano europeo le aflija más un atentado en París que otro en Beirut.
Muchos tenemos amigos en París o hemos visitado la ciudad una o varias ocasiones. Pero Facebook es una empresa global y con gestos como este lo único que hace es establecer una estructura hegemónica de prioridades en la que los muertos occidentales preocupan y movilizan y las víctimas, por ejemplo, del atentado en Beirut de hace dos días, simplemente no cuentan.
¿O es que nos dieron la opción del filtro con la bandera del Líbano?
Validar esta visión del mundo me parece extremadamente peligroso. Más si lo hacemos sin ni siquiera darnos cuenta.

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También hay quienes ponen en tela de duda la versión oficial cómo ocurrieron los atentados.

El blog Nuevo Orden Mundial Reptiliano, argumentó, un día después de los atentados, el fatídico viernes 13:

“Como en toda falsa bandera, han encontrado un pasaporte de uno de los terroristas, intacto como ocurrió el 9/11, a pesar del fuego voraz, un pasaporte quedó intacto y era el del terrorista, igual ocurrió en el atentado de Charlie Hebdo”.

Y puso el dedo en la llaga:

“Que no nos crean estúpidos, imposible que un terrorista vaya con su pasaporte a la escena del crimen, el mismo modus operandi en cada falsa bandera y los terroristas todos muertos, los cuales según testigos hablaban PERFECTO francés… eran franceses”.

“Los terroristas quieren que tengamos miedo, pero vamos a derrotarles”, amenazó el presidente francés François Hollande.

En lo particular, me abstuve de inmolarme en la bandera francesa. Evito, en la medida de lo posible, masificarme.

Intento no perder lo único que tengo en vida: mi individualidad.

Con el valor agregado de que vino a mi menta la Batalla del Cinco de Mayo en Puebla, a mediados del siglo antepasado. Aquella ocasión los indios zacapoaxtlas derrotaron el invencible ejército francés de Napoleón Bonaparte.

Y, ojo: abomino a los políticos, no a los pueblos. Aquellos encabezan la razón de la sinrazón. Ellos hacer germinar las semillas de las guerras.

Además de que en el trasfondo de esta historia hay dos objetivos que se promueven desde occidente: el control del petróleo en Siria –que pertenece al Estado, no a la iniciativa privada– y fomentar la lucha contra el terrorismo. Porque significa un pingue negocio: la venta de armas –el mayor negocio globalizado– de Estados Unidos principalmente.

Sólo el año pasado se vendieron 500 mil millones de dólares a nivel mundial. De esa cantidad, tres mil 500 millones fueron adquiridas por el gobierno de Enrique Peña Nieto para el combate en la lucha fratricida de ha dejado poco más de 161 muertos-desaparecidos de 2001 a la fecha.

El pretexto para armar a los pueblos ya no es erradicar en el planeta todo lo que tuviera un tufillo socialista-comunista. Se acabó a raíz de la caída del Muro de Berlín, en 1989.

En este contexto llamó mi atención una nota roja que sólo es una pálida sombra del fundamentalismo cibernético que llegan a provocar las redes sociales, Facebook en particular. .

Fechada el pasado 17 de noviembre, en San Luis Potosí, dice:

Una mujer fue detenida por elementos de la Policía Ministerial del Estado y ahora se encuentra en un Centro de Reclusión, luego de que su propio esposo la denunció ante las autoridades procuradoras de justicia, por la presunta comisión del delito de violencia familiar.

El denunciante argumentó que por “pasársela metida” todo el día en el Facebook, y otras redes sociales con su teléfono celular, la mujer dejaba sin comer a sus dos hijos menores por varias horas.

Pero eso no es todo: el resto del tiempo se la pasaba “maltratándolos verbal y físicamente”.

Informó lo anterior la Procuraduría General de Justicia del Estado, señalando que los elementos Ministeriales dieron cumplimiento a un mandato judicial obsequiado por el Juez Segundo del Ramo Penal contra Luz María “N”, de 36 años de edad, la cual fue acusada por su cónyuge Juan Carlos “N”.

Hay más:

En días pasados acudí a una conferencia en la ciudad de México, en el auditorio Black Berry, cerca del metro Chilpancingo. Versaba sobre los negocios en internet para pequeños empresarios, con el lema “Google=Amigo”.

Plática ofrecida por el especialista chileno Jaime Bravo fue ante unas 500 personas. Trataba sobre planificación de neuromarketing, neuroventas y neuropublicidad.

Durante la exposición cualquier asistente tenía la libertad de interrumpir al expositor para hacer preguntas.

A la mitad de la conferencia Bravo interrogó al público:

“¿Levante la mano quién no tiene Facebook?”

De reojo alcancé a ver una mano tímida en alto por uno de los costados del inmueble.

Y como Cristo, antes de la crucifixión en el Gólgota, señalando a Judas, Bravo, acusó: “¡véanlo: es ese, el de la camisa azul!”

Muchos voltearon a mirarlo con reproche, como si fuera el mayor pecador del mundo. Casi mil ojos, afilados puñales.

En lo particular, tengo dos amigos entrañables que son la antítesis de los usuarios de redes sociales, sobre todo Facebook. Cincuentones, ambos, que trabajan en prensa escrita, con dos hijos veinteañeros cada uno –todos con estudios universitarios.

Uno de ellos, de quien omito su nombre, labora en una de las revistas políticas más importantes de México. Es avezado corrector de estilo, egresado de la UNAM, y su pasión es la lectura. No interactúa en el ciberespacio.

Tampoco tiene celular, Jamás lo ha usado. Ni lo usará.

Abomina ver cómo la gente está hipnotizada ante el rectángulo entre las manos.

Sólo tiene un correo electrónico y suele navegar en internet sólo para buscar libros o escritores. No más.

Y nada pasa.

Está en su sano juicio.

El otro, Eduardo, traductor de una agencia internacional noticiosa, sí tiene móvil. Pero tampoco forma parte de las redes sociales.

Cuando desea saber de algún familiar, de forma inmediata, pide a su mujer que sí tiene cuenta en Facebook, que visite la página correspondiente.

Y sanseacabó.

También está en sus cabales.

En dos ocasiones he sido censurado por Facebook, algo que nunca había sucedido a lo largo de mi vida reporteril. Ambas por compartir imágenes con contenido sexual-erótico, no pornográfico.

La primera, eran fotos eróticas donde se observaban posturas, casi salidas del milenario libro Kamasutra –de venta en todas las librerías, incluso en sacristías– que requerían una extraordinaria elasticidad, dignas de contorsionistas. Nuca se miraba el pene ni el pubis.

La segunda ocurrió cuando compartí una mujer que imitaba, deambulando, a la Venus del Milo, con el torso desnudo y cubierta la cintura para abajo con una túnica blanca. Los senos al aire despertaron el deseo reprimido de alguno de mis contactos y me acusó con el Big Brother.

Los trabajadores de Zuckerberg, ipso facto, me ordenaron, incluso, borrar todas las imágenes pornográficas que tenía en mi celular, como si fuera un pervertido sexual. Todas eran familiares.

Mayor fue mi indignación porque un par de veces reporté páginas que sí eran pornográficas y que fueron retiradas.

Diferencio el arte y el morbo, el mal gusto, según yo.

Desde mi perspectiva como periodista-comunicador de hace 37 años, quizá, sólo el 10% de lo que circula en Facebook tiene alguna utilidad.

El 90 % restante, es vil basura.

Sí: es una demoniaca bendición no tener Facebook.

No hace mejores seres humanos, como los libros.

O menos peores.

tzotzilyaoro@hotmail.com
pumaacatlanunam@gmail.com
@kalimanyez

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