Martes 26 de Septiembre de 2017
     

¡Pom po nio! ¡Pom po nio! Cuento insólito de futbol

edna-lieberman


 

Jesús Yáñez Orozco

Cada vez es más común que las mujeres gusten del futbol.

Hay, incluso, quienes lo juegan con mayor frecuencia y otras más que lo miran a través de la televisión, en todos los rincones mundo.

Pero en el caso de México, no se conocía que una fémina recreara el deporte del puntapié, desde la literatura, con tal sensibilidad y conocimiento del panbolero juego que llega a tener dosis de arte.

Aunque a cuenta gotas.

Hila fino con el balón en el pensamiento y el corazón.

Fue como encontrar una futbolera aguja en el pajar de la sordidez de las crónicas deportivas.

Edna Lieberman es su nombre. Tiene 57 años y es escritora de tiempo completo. Es autora de la novelas Cartas a mi Fantasma, que próximamente será filmada en Estados Unidos, Los Mensajeros y Sucedió, que está por aparecer.

También tiene cuentos inéditos.

Con ella, el futbol dejó ser cancha donde sólo juegan los varones, a través de la literatura.

Aquella falacia vil de que era el “juego del hombre”, ya dejó de existir sobre el terreno de juego, incluso, en la cancha de las letras.

Por ejemplo, en Argentina, bicampeón mundial, hay un bum de escritoras de cuentos de futbol. Entre los libros que vale destacar se encuentran Los Dueños de la Pelota, con la participación de 14 autoras.

Otro tiene un significativo título: Mujeres con Pelotas.

En el cuento titulado ¡Pom po nio! ¡Pom po nio! Edna se muestra como profunda conocedora del detalle fino del balompié, deporte que la permeó desde la infancia con su padre y hermanos, apasionados del juego de las patadas.

Lieberman se oponía a la divulgación de su cuento, escrito casi una década atrás.

Sólo era “para los amigos”, argumentaba.

Luego de un comentario, con algunas de las palabras arriba descritas, al fin aceptó que se hiciera público.

Va, pues, el texto de la Lieberman que, seguro, leerían gustosos, con una sonrisa colgada de sus labios, los fallecidos escritores Eduardo Galeano y Günter Grass, eternos filósofos del balón en la tierra:

¡Pom po nio! ¡Pom po nio!
Edna Lieberman
Me rezumbaban los oídos mientras me deslizaba en mi asiento lo más abajo posible; deseaba que nadie pudiera verme; sufría de aquello que llaman pena ajena. Los gritos de mi papá, el doctor Aarón Lieberman, americanista de hueso colorado, se enfrentaban con toda esa parte del Estadio Azteca: era el sector las “Chivas” del Guadalajara.
Pomponio había marcado un foul al América; mi padre no estaba de acuerdo; era una gran injusticia. Pomponio había sido bautizado así en un partido anterior en el que cometió él mismo una grave falta al marcar una falta inexistente. El doctor, furibundo, gritaba a todo lo que daban sus pulmones (llenos de humo gracias a las dos cajetillas que se fumaba diario: una de Camel y otra de Pall Mall, obviamente ambas sin filtro, infiltradas desde el enemigo de los pulmones de mi padre, del país vecino del norte): Pomponio: ¡eres un idiota!, Pomponio: ¡eres un imbécil! y sacaba a relucir un refinado francés: pentonto, tontejo, me carga…etc. Parece ser que en aquella ocasión gran parte del estadio estuvo de acuerdo con el doctor y se armó el coro: ¡Pom po nio!, ¡Pom po nio! Y la rechifla. Así se le quedó el sobrenombre de por vida a aquel árbitro que tenía un apellido que parecía un estornudo, Archundia; creo que mi papá le hizo un gran favor.

Mientras yo crecía entre los 8 y 9 años y también entre mis 10 y 11, tenía que parar los chutes de mis hermanos en la portería de la casa. Portería de tamaño original, o eso me lo parecía. Los domingos mi papá me enseñaba el chanfle y a pegar con el empeine y a burlar la pelota. Nunca me interesó mayormente ni aprender las dominadas ni meter gol. Aprendía aquellas artes porque era una convivencia familiar en la que mi papá ponía toda su emoción.

El doctor Aarón Lieberman, reconocido cirujano gastroenterólogo, era fanático de ese juego de pelota. No se perdía ningún partido los domingos; en el fut sacaba los gritos desde su corazón y sus entrañas (como buen cirujano) mientras degustaba ostiones ahumados con galletitas frente al televisor; nunca faltaba una Bohemia bien fría. Por el asunto de los ostiones ahumados que me convidaba, yo me chutaba el partido.

Fue glorioso cuando se inauguró el Estadio Azteca, ya que teníamos palco. El loco del tío Polo (el ingeniero) había construido parte del mismo, al igual que muchos puentes y carreteras. Lo que no me encantaba del tío es que fumaba puro, lo apagaba y se lo guardaba en la bolsa de la camisa. En el palco teníamos un vecino al que llamaban La Corcholata por obvias razones.

Si el domingo perdía el América, el doctor llegaba el lunes al “serpentario” (casilleros médicos donde se cambiaban para entrar a cirugías) del reconocido hospital ABC con una orejeras de papel manufacturadas por él en las que decía claramente: No Oigo Pendejadas.

Años después, coincidentemente, fueron vecinos de departamento mi padre y Bora Milutinovic, quien era entrenador del América; las discusiones eran intensas y calientes. Me gustaba asistir eventualmente, ya que el yugoslavo no estaba “de mal ver”.

Crecí entre balones de cuero, tropezándome con los tacos de mis hermanos regados en cualquier lugar de la casa y el tan, tan, tan, tan de la bola contra la pared de mi cuarto, tan, tan, tan insistente, desquiciante, cuando solitariamente deseaba leer Sissi en Baviera, Los Mosqueteros o lo que fuera. Tan, tan, tan, el balón en mi pared, quizá entrenaba mi hermano menor, quizá sólo molestaba. Como decía, crecí con el “quien mete gol para”, y siempre los hermanos decidían que yo empezaba de portera, les encantaba mandar un tiro directo no a la portería sino a mi cuerpo, con suerte (según ellos) saldría lastimada.

Recuerdo en una final de un Mundial: Italia- Brasil. Mi papá (muy enojado con Pelé que no “estaba dando todo lo que podía”) gritó “¡Maracaná!, ¡Maracaná!”, “¡Pelé, me estás dorando la píldora!” Y entonces empieza la historia:
Pelé frente a mi papá en Río de Janeiro. El doctor se había escabullido de las aburridas pláticas de un congreso médico y decidió ir a buscar a Pelé. Dio con él gracias a los santeros y los bicheros (lotería o más bien mafia nacional).

Lo encontró entrenando a un equipo de jovencitos en el patio de la escuela de una “favela”. En ese mismo lugar también se llevaban las prácticas de una escuela de samba. El rumbito era peligroso, pero el doctor llegó. Le habían contado aquello del asunto de las escuelas que concursan en el gran festival de Río de Janiero. Al llegar y ver a Pelé tan concentrado en el juego de sus jóvenes discípulos, se sentó en una grada y se imaginó que en el estrado frente a él, desde la oscuridad de la noche, sonaban tres silbatazos mientras cien músicos empezaban a tocar una samba con sus percusiones africanas.

Sentía que el corazón le retumbaba entre los tamborazos y la emoción de estar cerca del gran Pelé. Al cuarto silbatazo se percató de dónde estaba y de que el partido de los chicos había terminado. Fue entonces cuando se paró frente al gran jugador. Súbitamente se rompió el silencio cuando el goleador por excelencia le dijo al doc: “Vamos a tomarnos unas caipiriñas con mucha cachaza. Ya me contaron el apodo que le has puesto a Mamasaki, me caes bien, doc.”

Se fueron a un bar lleno de bellezas femeninas en tangas (era muy novedoso para el doc) y allí frente a Pelé mi padre simulaba finos cortes quirúrgicos y estratégicos pases del partido entre los vasos de aguardiente del futbolista y los de él. El doc empezó a explayar su sabiduría en la cancha: práctica, trabajo de equipo, mucho entrenamiento, logrando que el medio otorgue buenos pases a un agresivo delantero, aprovechar la mala defensa, harto trabajo individual, buena condición física, errores de las defensas, buenos finales, finales fallidos, tiros al marco, golazos, otros goles fortuitos y hasta tontos, autogoles, tiros libres, despejes de cancha maravillosos, saques de banda, “tijeras”, aprovechar los corners, la barrera, paradones, penalties, off-sides.

En ese momento de lucidez papá dedujo que la vida podía simplificarse a una cancha de futbol, bien llevada, con jugadores extremos y excelentes, con árbitros justos y con chutes adecuados. Así, entre los vapores del aguardiente, pensaba que llevaba muchos años viviendo en un partido, intentando su mejor desempeño en lo individual y como integrante de un equipo. Se había diseñado una buena cancha gracias a un arduo esfuerzo, acompañado siempre por la palabra mágica: práctica. Dirigía su vida tirando a un juego excelente; dando buenos servicios aunque a veces le tocara estar en la banca; siendo su mejor árbitro, defensa y portero; haciendo lo mejor que podía.

Tenía la sabiduría de disfrutar aún de lo que tenía que hacer y así daba lo mejor como un buen futbolista. Su vida: la medicina, el futbol.

De repente mi madre lo despertó con un suave codazo:

—Aarón, eres el próximo ponente, despierta tienes que dar tu plática.

El doc, sacudido de su sueño y orgulloso de plantear su nueva técnica para operar hernias, dio lo mejor de sí mismo, como siempre.

Cuando terminó, había una catarina posada en la mesa frente a él.

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