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Tlatoani, atleta rarámuri

Agora Deportiva
Jesús Yáñez Orozco

 

Pocos deportistas profesionales mexicanos pueden ufanarse de aparecer en una de las revistas más importantes del mundo del atletismo, llamada Runners World. Es un orgullo que se multiplica cuando se trata de un indígena que, por fortuna, está al margen de los reflectores mediáticos nacionales, porque son antítesis del Rey Midas.

Todo lo que tocan lo distorsionan.

Principalmente la telecracia, telepatria, telecloaca…

Sus hazañas con sólo equiparables a lo que realizan los niños basquetbolistas triqui de la montaña de la Sierra de Oaxaca, que juegan descalzos y que han ganados importantes torneos en varios países.

Su nombre es Silvino Cubesare. Con Arnulfo Quimare han dado realce mundial a México en estos tiempos aciagos, donde poco o nada tiene qué presumir el sexenio de Enrique Peña Nieto.

Iba a escribir antes de su nombre y apellidos el cargo que los descalifica: “presidente”.

Porque, en sentido estricto, nunca lo ha sido para la mayoría de mexicanos –incluso muchos que votaron a su favor reniegan de él– y quien recientemente fue sujeto de sorna, luego de correr una competencia atlética de 10 kilómetros en la Ciudad de México, acorazado por decenas de guaruras, con un impensable tiempo: unos 50 minutos.

Sobre todo por su físico, piernas principalmente, de burócrata, color telegrama, sin tono muscular, que no denota que sea atleta.

Vamos, ni siquiera de fin de semana.

Y si hizo esa marca, podría haber sido dopado.

Sugerencia: que previo a otra competencia sea sometido al antidoping y antichuping.

Además de las patéticas calcetas blancas, de las que hicieron cera y pábilo, escarnio, en redes sociales, pues por las fotos parecía que las traía al revés, además de que se miraban antiguas, y que difícilmente algún deportista usaría así.

Por cierto, el 8 de agosto de 2014, con motivo de los festejos del Día Internacional de Pueblos Indígenas, Cubesare y Quimare recibieron, por parte de Peña, un reconocimiento por su participación en diversos ultramaratones alrededor del mundo.

El evento se efectuó en el municipio de San Juan Chamula, Chiapas. Ambos atletas se especializan en carreras de montaña.

También fue entregada esta distinción a los mencionados niños basquetbolistas triqui, de fama mundial.

Ojalá, este año obtengan, por elemental justicia social, el Premio Nacional del Deporte. Sería, apenas, un pálido honor para los logros de los representantes de ambas etnias.

Dudo, me sincero conmigo mismo, que así sea, pues todos los políticos, consciente o inconscientemente, salvo excepciones, padecen el síndrome de Lorenzo Córdova, titular del INE: discriminan a los indígenas.

Qubesare y Quimare, son orgullosos miembros de la etnia rarámuri.

La revista Quién, por ejemplo, los mostró entre los 50 personajes que sí “mueven a México”, en 2014, con su pasión por correr largas distancias, compartiendo páginas con apellidos de personajes como Alejandro González Iñárritu, Emmanuel Lubezki, Elena Poniatowska, Denise Dresser, Jacobo Zabludovski –ya fallecido– José Luis Cuevas y Miguel El Piojete Herrera, recién cesado como director técnico de los Ratones Verdes Reumáticos.

Incluso, han sido invitados a dar una plática en Harvard, una de las instituciones estadounidenses de educación superior más reconocidas del mundo –de la que es egresado Barak Obama— y el diario español deportivo Marca se congratuló por tenerlos en sus instalaciones.

Sus son cuerpos broncíneos. De pies alados. Usan ropajes centenarios, camisola, taparrabos, paliacate multicolor la cabeza y huaraches de cuero o llanta de auto.

Ellos, obvio, no utilizan tenis, ni ropa deportiva de empresas trasnacionales. Mucho menos bebidas energizantes. Tampoco van con cronómetro en mano.

Consumen, previo a una competencia, papas cocidas con sal, tortillas tostadas de maíz y ‘pinole’ (brebaje a base de agua azucarada y harina de maíz tostado), que algunos combinan con chía, una semillita “mágica” poco conocida.

No suelen rezar a Dios o Cristo. Tiene su propia cosmogonía que, en ocasiones, llegan a mezclar.

Ambos han conquistado territorios alejados de la Sierra Tarahumara, a miles de kilómetros de distancia, venciendo a corredores de otras razas y lenguas, en pruebas extremas que alcanzan hasta los 160 kilómetros, en tres días.

Ya dejaron huella en España, Austria, Estados Unidos y Costa Rica.

Cubesare, 37 años, pertenece a la comunidad de Guachochi, en el pueblo de Batopilas. Es reconocido por ganar los 100 kilómetros de dicha comunidad, los 80 kilómetros de Urique (conocida como la carrera de Caballo Blanco), Chihuahua, los 70 kilómetros de Austria y el Ultramaratón de Costa Rica.

Quimare, 35 años, es actualmente el más grande corredor tarahumara. Tres veces consecutivas vencedor del Ultramaratón de los Cañones, del Penyagolosa Trails (118 kilómetros en Castellón), los 87 kilómetros de la Volta Cerdanya (Gerona), así como el Quixote Legends con 150 kilómetros de recorrido en Albacete.

Él pertenece a Sorichique, también en el municipio de Batopilas.

Una vez participó en las 100 millas del Run Rabbit Run, en las montañas de Colorado, Estados Unidos, donde reparten hasta 50 mil dólares en premios.

Perdió.

Silvino y Arnulfo son familiares. Pertenecen al clan de los Quimare y para visitarse, en las Barrancas del Cobre, necesitan recorrer a pie unos 30 minutos, cerca de cuatro kilómetros.

Son los vecinos más cercanos entre sí y sólo bajan al pueblo a partir del mes de diciembre, “cuando el frío mata a las personas”, comenta Silvino con una gélida sonrisa.

El difícil acceso a las Barrancas del Cobre fue la causa por la que los rarámuri sobrevivieron como raza, desde los tiempos en que Hernán Cortés llegó al nuevo continente con la ambición y las armas que vomitaban muerte, hace más de 500 años.

También –cuentan– fue escondite del indio Jerónimo y por esos rumbos Pancho Villa se hizo invisible ante los 10 mil hombres del general John Joseph “Black Jack” Pershing, famoso como cerebro militar de los aliados en la Segunda Guerra Mundial.

Al igual que otros indígenas americanos, los rarámuri sufrieron agresión de los conquistadores españoles, así como de los vecinos apaches, los mestizos y la misma sociedad mexicana, discriminándolos, llamándolos “nuestros indios”.

Algunas investigaciones sostienen que los antepasados de los indígenas tarahumaras provienen de Asia (Mongolia), atravesando el estrecho de Bering, hace aproximadamente 30 mil años.

Pero los vestigios humanos más antiguos que se han encontrado en la sierra de Chihuahua son las famosas puntas clovis (armas típicas de los cazadores de la mega fauna del Pleistoceno), que datan de casi 15 mil años, lo que permite establecer la presencia de los primeros pobladores de la zona Tarahumara.

Actualmente existen unos 50 mil tarahumaras diseminados en toda la región, quienes luchan contra el hambre, el frío, las enfermedades y la desnutrición infantil, pese a la falaz Cruzada Contra el hambre de la Secretaría de Desarrollo Social, que encabeza Rosario Robles.

Sólo para que tengamos una idea del riesgo de muerte que entraña competir ultramaratones en la Sierra de Chihuahua, aquí una crónica que circula en redes sociales, firmada por Miguel Caselles, de la página web Runners World, difundida el 30 de julio de 2014:

El Ultramaratón de los Cañones celebró su decimoctava edición en las Barrancas del Cobre, en plena sierra mexicana Tarahumara. Durante los días 19 y 20 de julio, corredores mexicanos, principalmente de la etnia rarámuri, y atletas llegados de varios países compitieron, según su elección, en las carreras de 10, 21, 63 y 100 kilómetros.

Alrededor de 2 mil 500 visitantes entre corredores y acompañantes se alojaron en la ciudad de Guachochi con motivo del evento deportivo.

Las competiciones de 63 y 100 kilómetros se internan en la Barranca Sinforosa, las más profunda e intransitable del enjambre de siete barrancas que albergan la Sierra Tarahumara. Según una leyenda que pasa de boca en boca entre corredores, ‘La barranca no tiene compasión: o sales por tus propios medios o te traga’.

Con esa premisa, a las cinco de la madrugada del 20 de julio se activaba el cuentakilómetros de ambas carreras, como platos principales del Festival Internacional de Turismo de Aventura de Chihuahua.

A lo largo de un día que en lo climatológico fue soleado de mañana y algo lluvioso por la tarde, los corredores partieron de la localidad de Guachochi para transitar durante 19 kilómetros de leves toboganes, a unos 2 mil 600 metros de altitud, hasta el mirador de la Sinforosa.

Una vez allí, se desciende al fondo de la barranca por uno de los senderos abiertos por los rarámuri para sus largos desplazamientos.

La barranca Sinforosa es como una montaña al revés. Para subirla primero tienes que barajarla. Por tanto hay que descender mil 650 metros de desnivel técnico hasta alcanzar el cauce del Río Verde en el sótano de la barranca.

Mientras que en los bordes de la barranca la mañana es fría, en el fondo del cañón el clima es tropical, con elevada humedad y temperaturas que llegan a los 40 grados centígrados.

Territorio de cactus y de la temida serpiente de cascabel.

Una vez  los corredores cruzan la base de barranca deben iniciar el ascenso de la orilla opuesta, salvando otros mil 650 metros de desnivel.

El espectacular sendero colgado de un acantilado, la esbelta cascada Rosalinda y un puente colgante en la parte superior dejan boquiabiertos, turulatos y patidifusos a los corredores foráneos.

No es terreno fácil.

raramuri-runners

 

En 2008 el fondo de la barranca Sinforosa cobró la vida de dos corredores (extranjeros). En tramos la pendiente es tan pronunciada que un mal paso puede catapultarte al fondo del pozo de una sola zancada.

Llegados arriba, de nuevo en el altiplano, con 47 kilómetros en las piernas, se enfila el regreso al pueblo de Guachochi. Meta para los corredores de 63 kilómetros y puesto de asistencia para los de 100 kilómetros.

Éstos últimos deberán regresar al mirador de la Barranca Sinforosa para después retornar por el mismo camino a la meta de Guachochi.

Es en la técnica bajada de la Barranca y en estos 37 kilómetros finales donde los mejores corredores raramuri imponen ritmos que ningún competidor foráneo es capaz de mantener.

En esta edición del Ultramaratón de los Cañones la victoria de la prueba reina, los 100 kilómetros, se la ha llevado el rarámuri Silvino Cubesare.

Corredor bien conocido en España, junto a su compatriota Arnulfo Quimare, pues ambos, a lo largo del mes y medio que permanecieron invitados en España (mayo/junio 2014). Compitieron en Penyagolosa Trails (Castellón), Trail Quixote Legend (Albacete), Volta Cerdanya Ultrafons (Gerona/Lérida) y participaron en el Encuentro Nacional de Corredores Descalzos y Minimalistas (Sant Joan Despí, Barcelona) y en el Campus de Trail Desafio4Trail (La Granja de San Ildefonso, Segovia).

Silvino Cubesare, del pueblo de Batopilas, dominó la carrera desde el inicio del descenso de la barranca hasta parar el cronómetro en 8:44:55 a su llegada a meta. Tres minutos después pisaba bajo el arco de llegada el también rarámuri Juan Contreras García, de Guachochi, 8:47:26. Completando el podio les acompañó Daniel Cervantes, rarámuri de Guachochi.

Miguel Lara, el corredor rarámuri vencedor de las dos últimas ediciones, finalizó en cuarta posición.

Los 100 kilómetros no fueron un paseo fácil para Silvino pues alcanzó la meta de Guachochi exhausto y con vómitos.

Las asistencias médicas lograron reanimarlo a tiempo de recoger su trofeo de campeón del Ultramaratón de los Cañones 2014.

Por su parte, Arnulfo Quimare, quien ya arrastraba problemas en sus pies durante su visita a España, tuvo que abandonar la carrera tras 63 kilómetros.

Cabe recordar que Arnulfo ha ganado este ultramaratón en tres ocasiones y que es poseedor del récord de la carrera de 100 kilómetros con un excepcional crono de 8 horas, 19 minutos, 10 segundos.

De igual modo, las mujeres mexicanas (rarámuri) impusieron su superioridad al cruce de la barranca con Beatriz Adriana Méndez, ganadora de 2013, liderando el primer lugar, 12 horas, 48 minutos, 8 segundos (nuevo récord femenino). Segunda fue Aurelia Cruz, 14 horas, 4 minutos 6 segundos. Y tercera María de Jesús Reyes 14 horas, 7 minutos, 37 segundos.

En la prueba de 63 kilómetros el pódium masculino lo coparon Honorio Tomás Juárez, 5 horas 39 minutos, 47 segundlo, Silverio Ramírez López, 5 horas, 55 minutos, 39 segundos y Abraham González Cruz, 5 horas, 56 minutos, 29 segundos.

Mientras que los puestos de honor para las chicas los ocuparon María Juan Ramírez, 7:57:49, María Rodríguez, 8:11:29 y Catalina Rascón, 8:31:17.

Este Ultramaratón de los Cañones ha promovido que corredores internacionales, este año llegados de España, EU, Perú, Costa Rica, Canadá, Polonia y Japón, puedan competir y compartir experiencias en el mundo perdido que son las Barrancas del Cobre, una cicatriz en la corteza terrestre equivalente a cuatro veces el Gran Cañón del Colorado.

Con el añadido principal de dar visibilidad a una ancestral tribu de corredores que no se resiste a desaparecer.

Mientras que nosotros utilizamos todo tipo de complementos energéticos y tejidos de última generación, los corredores rarámuri precisan de muy poco en carrera.

Se avituallan de un brebaje a base de maíz, y ataviados con cinta de pelo (paliacate), taparrabos (faldones las mujeres) y sandalias fabricadas con neumático de coche, se defienden en los precipicios y en las eternas kilometradas con una facilidad prodigiosa.

Hasta aquí la crónica.

Y reitero lo que he compartido en facebook: si no fuera por las 56 etnias en México seríamos un país anodino, miserable.

Indigno, en pocas palabras.

Igual que el país de las Bardas y las Estrellas: carece de raíces, historia, dignidad.

tzotzilyaoro@hotmail.com
pumaacatlanunam@gmail.com
@kalimanyez

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