Miércoles 18 de Octubre de 2017
     

Mortaja, la libertad de expresión

ruben-espinosa


 

Agora Política
Jesús Yáñez Orozco

 

“La muerte escogió a Veracruz como su casa y ha decidido vivir ahí”: Rubén Espinosa Becerril, foto reportero asesinado en la ciudad de México.

“Frente a sus balas, nuestras palabras”, del muro de Facebook de la revista Emeequis.

 

E

l círculo de cemento y pasto donde se levanta el Ángel de la Independencia –de unos mil metros cuadrados, en la avenida Reforma, en el Distrito Federal– se ha convertido en el corazón del panteón nacional de los periodistas.

Desde ahí se dice el último adiós a reporteros y fotógrafos caídos, héroes involuntarios, donde el poder fáctico político-empresarial tiene una doble virtud perversa: juez y verdugo.

Por lo general, su vida se decide sobre los escritorios del gobierno federal, estatal o municipal.

Pocas veces caen a manos del crimen organizado, carteles de las drogas en particular, como se pretende hacer creer desde el gobierno y los medios de información institucionales, encabezados por Televisa y TV-Azteca, especializados en hacer verdades mentiras y mentiras verdades.

Y, por asociación libre, como en terapia sicoanalítica, pienso en el caso Watergate, a principios de la década de 1970, cuando los reporteros Carl Bernstain y Bob Woodward –y su “garganta profunda”— propiciaron la caída del presidente Richard Nixon.

Más en sentido estricto nada cambió.

Sólo se sustituyó un presidente por otro en el país de las Bardas y las Estrellas.

Luego entonces, es una aberración, sinsentido, asesinar reporteros en México.

O en cualquier parte del resto del mundo.

Porque es descorazonador tomar conciencia que, en sentido estricto, nada cambiamos. La esencia del oficio reportero es denunciar, incomodar. Divulgar lo que alguien no desea que se sepa. Jamás de los jamases pensar que somos una especie de agente del ministerio público.

Y si nada cambia es gracias a la impunidad, corrupción, que caracteriza a quienes imparten la justicia en México.

Están al servicio de los poderes fácticos.

Somos una metáfora viviente del síndrome del Kleenex: úsese y mátese.

Tampoco importamos a la sociedad civil de quien somos “ojos y oídos”.

Estamos solos.

Absolutamente solos.

Ahí está el caso del columnista Manuel Buendía Tellezgirón.

Fue el primer crimen de “Estado” –más bien del PRI-Gobierno– contra un periodista ocurrido en 1984, durante el gobierno de Miguel de la Madrid.

En la enésima afrenta internacional para el gobierno de EP(inochet)N, la ONU condenó el asesinato de los cinco jóvenes.

Retumbaban en mi cabeza dos frases durante las casi dos horas que duró el mitin-marcha, el domingo pasado, a los pies del Ángel de la Independencia, donde unos mil 500 periodistas exigieron al gobierno de EP(inocho)N el esclarecimiento del asesinato –con tiro de gracia a él y cuatro mujeres, en un departamento de la colonia Narvarte, en el Distrito Federal, el pasado 31 de julio– del fotoperiodista Rubén Espinosa Becerril –colaborador del semanario Proceso y Cuartoscuro.

La primera cuando un judicial del estado de México, escupió a Daniel Blancas Madrigal reportero del diario La Crónica, cuando realizaba una investigación en la casa donde desembocó el túnel donde oficialmente escapó El Chapo, del penal de alta seguridad de Almoloya de Juárez el pasado 12 de julio:

“¡De periodistas como tú están llenos los panteones!”.

La segunda cuando el gobernador Javier Duarte de Ocho, el pasado 30 de junio, sugirió –amenaza burda, velada– a los reporteros “portarse bien”.

Sólo durante el gobierno de Duarte han sucedido 14 asesinatos de compas reporteros y fotógrafos.

Es considerada una de las zonas de mayor riesgo en el mundo para el ejercicio periodístico.

Y nada pasa.

Ni pasará.

Ahora se coarta no sólo por publicar una determinada información, sino por preguntar.

Fue el caso de Blancas Madrigal, premio nacional de periodismo, José Pagés Llergo. Estuvo privado de su libertad durante 15 horas.

Fueron los minutos más aciagos de su existencia. A los largo de 900 infernales minutos supo qué se siente cuando la vida no está nuestras manos.

El asesinato de periodistas se ha convertido en un deporte nacional.

Existen múltiples reportes y testimonios sobre las amenazas que Rubén Espinosa recibió por parte del gobierno de Duarte, y, por lo tanto, deber ser investigado.

Proceso divulgó de que “mientras [Rubén] cubría las protestas estudiantiles contra el gobernador Javier Duarte por el asesinato de la corresponsal de la revista Proceso en Veracruz [Regina Martínez], se le impidió tomar fotos de cómo la policía golpeaba a unos estudiantes. En ese momento una persona de ayudantía del Gobierno del Estado le sujetó y le dijo:

“Deja de tomar fotos si no quieres terminar como Regina”.

Rubén Espinosa, antes de ser ejecutado, vaticinó su propia muerte:

“Yo no confío en ninguna institución del Estado; no confío en el gobierno. Temo por mis compañeros, temo por mí”.

La activista Nadia Vera, torturada y asesinada el pasado 31 de julio, en el departamento en la colonia Narvarte, responsabilizó el año pasado al propio Duarte de Ochoa, de cualquier cosa que le pudiera ocurrir.

Espinosa, originario del Distrito Federal, y quien radicaban en el Puerto Jarocho hace casi ocho años, huyó un mes atrás por amenazas de la administración de Duarte.

Volvió a la ciudad de México en busca de trabajo. Encontró la muerte.

Hasta donde se sabe, nunca pidió la ayuda que brinda la secretaría de Gobernación para protección de reporteros en situación de riesgo, ni organizaciones de defensa de periodistas.

Y sí, el pasado domingo, El Ángel de la Independencia, era una extensión viviente de camposanto nacional, en el corazón de Avenida Reforma en la ciudad de México: lágrimas, rostros contritos, desamparo, rabia contenida, dolor, porque nuestro país está “herido”.

Muchos, hombres y mujeres, iban envueltos en el color de la mortaja de los vivos: el negro.

“¡Los asesinos están en Los Pinos!”, clamor generalizado durante el mitin.

Fue el sentimiento llano, de la más absoluta indefensión que se respiraba en el ambiente.

“¡Quien mata a uno, nos mata a todos!”, otro grito.

Había carteles y pancartas con mensajes emblemáticos:

“Fue el Estado. De él es la raíz de la violencia y el desorden”.

En otro se leía:

“Duele que una persona decida tu vida”.

Me entristeció mirar un solo puñado de periodistas de la vieja guardia a los pies de El Ángel, Marcela Turatti, José Reveles Morado, Rogelio Hernández López, Epigmenio Ibarra, Renato Consuegra, incluso iba el abogado Manuel Fuentes, defensor de reporteros, entre otros.

Eso sí, me alegró mirar cientos de jóvenes fotógrafos y periodistas y su pasión en defensa del oficio en el que se sufre como perro, según Gabriel García Márquez.

Ahora nos matan como perros.

El cielo se encapotó cuando desde el micrófono se anunció que se haría una marcha hacia la representación del gobierno de Veracruz en la calle de la calle de Marsella, en la Colonia Juárez, Distrito Federal.

Comenzó la marcha de casi un millar de asistentes con el pesado féretro del dolor a cuestas.

Algunos portaban flores, símbolo de vida-muerte: crisantemos, margaritas, nubes.

Fue kilómetro y medio de caminata y arengas contra el “gobierno asesino” durante casi media hora.

Luego de unos minutos de gritos de “¡justicia, justicia, justicia!” y “¡asesino, asesino, asesino”, dirigidos de Duarte, que se estrellaron contra la paredes del inmueble, se desgranó el cielo.

Una recia lluvia apagó las palabras.

Pero no el dolor y la rabia.

Mientras, la postura de las autoridades es de Tío Lolo…

La Procuraduría General de la República (PGR) divulgó su negativa a atraer el caso y anunció que la Fiscalía Especial para la Atención de Delitos Cometidos contra la Libertad de Expresión (Feadle), que acaba de cambiar de titular.

Se limitará, por ahora, a levantar un acta circunstanciada y a dar seguimiento a los hechos.

La Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal (CDHDF) señaló que las líneas de investigación del crimen deben incluir la de un posible ataque a la libertad de expresión y la de agresiones de género, en el caso de las víctimas femeninas.

Miguel Ángel Mancera, jefe de gobierno del DF, enfrenta el riesgo de convertirse en cómplice de Duarte si no logra dar con los responsables del crimen de los cinco chicos, ocurrido en la ciudad donde ufano aseguró, hace algún tiempo, que no había delincuencia organizada, incluidos carteles de la droga.

Supongo que nadie le ha avisado que, por ejemplo, las narcotienditas crecen como hongos en época de lluvias por toda la capital.

Porque mirado otro color del prisma de muerte en México, desde hace tiempo, es pecado ser joven.

Ahí está la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, la Ejecución extrajudicial de 22 presuntos delincuentes –varios adolescentes entre ellos– en Tlatlaya, Estado de México, a manos del heroico Ejército Mexicano asesino.

Más atrás las masacres de estudiantes de 1968 en Tlatelolco, y luego el 1971, el llamado halconazo, a un costado de la Normal Superior en Ciudad de México.

Amén de los 41 mil muertos-desaparecidos sólo en los primeros 23 meses del gobierno del Peñejo.

Reconforta, eso sí –bálsamo contra la impotencia el dolor y el desamparo– que en el mar de indiferencia de la prensa nacional, el diario La Jornada, haya sido del único medio que ha destacado en sus portadas, a ocho columnas, el asesinato de Rubén y las cuatro jóvenes.

Wikipedia confirma que el judicial que amenazó a a Daniel Blancas tiene razón: México es un camposanto para reporteros, cuyo gremio alguna vez fue considerado falazmente el Cuarto Poder –luego del ejecutivo, el legislativo y el judicial–: de 1934 a la fecha hay 251 periodistas asesinados-desaparecidos en México, la mayoría de 1971 a la fecha.

La información está basada en una amplia bibliografía. Y aunque no está actualizada, esa cifra rondará ya los 260 crímenes contra comunicadores.

Y hace un desglose pormenorizado de los últimos siete sexenios:

En el de Luis Echeverría Álvarez (1970-1976) fueron asesinados seis periodistas; en el sexenio de José López Portillo(1976-1982), 12; en el de Miguel de la Madrid Hurtado(1982-1988), 33. A partir del sexenio de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994) fueron asesinados 28 periodistas y “se puede decir que se inicia el ataque a los periodistas por cárteles de narcotraficantes”, dice la página web. En el sexenio de Ernesto Zedillo Ponce de León (1994-2000) 24; en el de Vicente Fox Quezada (2000-2006), 16.

Mientras que en 2007 fueron siete los periodistas asesinados, con Felipe Calderón Hinojosa(2006-2012).

Sólo, en la última década se calcula que han sido muertos-desaparecidos alrededor de un centenar de reporteros y fotógrafos.

La organización Reporteros Sin Fronteras informó en febrero de 2008 que México fue el país de América con mayor número de muertes de periodistas, en razón del ejercicio de su profesión, durante el año 2007, al registrar dos reporteros muertos, tres desaparecidos y el asesinato de tres colaboradores de medios de comunicación.

Infortunadamente, cuando finalice el gobierno de “EPNdjo” tendrá su propio e interminable cementerio nacional de periodistas.

Confío, a mis 61 años, morir de muerte natural.

“De las autoridades no podemos esperar nada: ni de la PGR ni de la CNDH, instituciones especializadas en la simulación! Somos nosotros, y nada más!”, escribió Daniel Blancas en su muro de Facebook.

Me queda la sensación que El Ángel de la Independencia se ha convertido en un albo demonio alado, que mira indiferente la mortaja de los periodistas:

Su derecho a informar.

tzotzilyaoro@hotmail.com
pumaacatlanunam@gmail.com
@kalimanyez





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