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Crónica de un engaño anunciado

 

  • Trump, vendedor de mentiras
  • A través de la empresa ACN anuncia productos “milagro” en México

Jesús Yáñez Orozco

 

Cuando empleados de la empresa ACN –relacionada con la salud y el embellecimiento físico, entre éstas contra la calvicie– me propusieron, con engaños, ser parte del equipo de jóvenes emprendedores –a mis 60 años de edad— con la quimera, consciente o inconsciente, de ser multimillonario de la noche a la mañana, me pregunté cómo entender, si usa bisoñé, que Donald Trump sea socio de esta poderosa compañía –que en 2014 genero 800 millones de dólares en ganancias en 24 países, ahora en México. Burda forma de aparentar, con un ‘chuchuluco’ lo que no es, que se refleja en sus negocios.

A esta forma de captar incautos –distribuidores– para promocionar los satánicos “productos milagro”, habidos de dinero y poder, se le llama sofisticadamente “network marketing” –“comercialización en la red”.

Es un aparente mecanismo de nutrición personalizada, o “multinivel”, con base en distribuidores, que comprende tres líneas de productos para los expendedores.

Su método es similar a las ventas a domicilio, donde se convoca a un grupo de personas, para ofrecer las “bondades” de la mercancía y evitar, así, la costosa erogación vía publicidad.

De acuerdo con la prensa estadounidense, Trump enfrenta demandas en Estados Unidos por contaminación por ruido, fraude a estudiantes en su supuesta universidad de negocios y las principales empresas calificadoras han degradado a sus empresas, entre otras.

Pero alguien que se ha declarado cuatro veces en bancarrota en los últimos 18 años, no debería ejercer como empresario. Es, literal, delincuente de cuello blanco, como muchos en México, al amparo del poder.

Nunca imaginé cuándo, cómo y en qué circunstancias iba a divulgar mi infausta experiencia en la que sus empleados me quisieron timar como vendedor de ilusiones de la empresa ACN, de la que es socio el multimillonario Trump, instalada en México hace un par de años, hasta que descalificó a los indocumentados.

Nuestro país fue elegido de toda América Latina porque, según estudios de mercado realizados por esa compañía, es el que más consume este tipo de productos “milagro”.

México sigue siendo eterno conquistado: compra espejitos con el oro molido de sus ilusiones.

Fundada en 1993, ACN fue la visión de cuatro empresarios estadounidenses: Greg Provenzano, Robert Stevanovski, Tony Cupisz y Mike Cupisz. A ellos se sumó Trump hace cosa de una década.

Esta es la crónica de una frustrada transa anunciada.

Aquí va, pues, la crónica de mi infausta experiencia, tres meses atrás, cuando la española Rocío Vallés me contactó, vía Linkedin México, una red social de profesionistas que ofrecen sus servicios y empresas que los solicitan.

Comentó que le gustaba mi perfil para ofrecerme trabajo. Supuse que sabía que me dedico al periodismo hace 37 años y que se relacionaría con mí oficio.

Envíe mis correos y mi número de celular. Una noche me contactó por el móvil. Me citó.

“No me interesan las ventas”, aclaré de entrada.

Respondió que no, no lo eran.

–¿Mando mi curriculum?, interrogué.

–No, Respondió tajante.

Su negativa me hizo dudar.

Pregunté si la reunión era en su casa.

Negó.

Dio la dirección: Insurgentes Sur, exactamente frente al teatro de Los Insurgentes, piso 10.

“Tienen dinero su empresa”, deduje.

Miré su página-muro en Linkedin y me llamó la atención. La foto es de una mujer guapa, entrada a los 30 años, rubia, ojos claros.

Dice, entre otras cosas, que labora en ACN como representante independiente.

Estudió arquitectura técnica en la Universidad de Valencia, España. De las empresas que dirigió, destaca una denominada Eventos Angel’S, dedicada a organizar “todo tipo de eventos”: “Cenas de empresa, despedidas de soltero/a, fiestas sobre el agua, bodas, etcétera”.

Total, que realicé un traslado, literal vía crucis, de casi tres horas de Atizapán de Zaragoza, Estado de México, al sur del Distrito Federal. Pese a todo, iba con la ilusión a cuestas de tener un ingreso, relacionado con el periodismo.

Craso error.

Llegué al edificio sede de ACN. Me pidieron identificación, tomaron mi foto, firma y huella dactilar electrónica.

Recibí un pegote que tenía que traer visible, que adosé sobre la solapa izquierda del saco azul marino. Sentí que ingresaba a un reclusorio de la ciudad de México.

El elevador estaba programado desde la recepción: piso 10.

Una segunda recepción. Me identifiqué dando mi nombre. Dije que buscaba a Rocío Vallés. Respondió el oficial de seguridad, de casi 1.85 de estatura, que no se encontraba, pero que otra persona me recibiría.

Lo hizo un chico de nombre Mircea. Dijo ser amigo de Rocío. Me pasó a una sala un salón de unos 30 metros cuadrados. Llamó mi atención el orden y la austeridad, con muebles modernistas y un ventanal de unos 20 metros de largo que mira al valle de México. Ante él media docena de computadoras, que usan de los distribuidores.

No se miraba una pátina de polvo. Asepsia absoluta.

Mas un detalle me preocupó e hizo que me ruborizara de cólera. Me contuve: la distribución milimétrica de una veintena de mesas de metal con cuatro sillas cada una.

En otras dos ocasiones quisieron timarme en un ambiente similar.

El primero, allá, a principios de los 90s. La madre de mis hijos recibió una llamada donde le informaban que había sido acreedora de un viaje al crucero por El Caribe con “todo pagado”. Y que tenía que presentarse, de ser posible, con su pareja, y que era imprescindible tarjeta de crédito.

Acudimos los tres, mi mujer, mi hijo, de cuatro años, y yo a un domicilio sobre avenida Reforma, a unos pasos de avenida Insurgentes. Nos recibieron con amabilidad en un improvisado despacho, con una pequeña caja fuerte.

Había diplomas adosados a las paredes, pero ningún documento oficial que avalara la labor de la empresa.

Despertó mi sospecha.

La primera pregunta era si contaba con tarjeta de crédito, porque había que pagar mediante un ‘baucher’.

Dije que sí.

Nos pasaron a un salón donde había unas 15 mesas con cuatro sillar igual que las antes descritas con globos multicolores por todas partes. Nos atendió un joven treintañero elogiando las bondades del viaje para dos personas a pagar a plazos. Varias veces nos hizo cuentas alegres que, obvio, nunca me satisficieron.

Repentinamente, por el altavoz, se escuchó el nombre de mis esposa quien, curiosamente, se había ganado el crucero con todo pagado por el Caribe.

Mi duda se acendró.

El mismo hombre se volvió a acercar, diciéndonos que, de todas maneras, teníamos que adquirir un tiempo compartido en Cancún para recibir el “premio”.

Reiteré mi negativa y dos minutos después éramos sacados casi en vilo.

Llamé a la las oficinas de la Procuraduría General de la República para denunciar el caso. Argumentaron que la queja procedía, siempre y cuando tuviera yo pruebas del intento de chantaje.

Obvio, no las tenía.

La segunda vez ocurrió a principios del 2000. Recibí una llamada informándome que había ganado un aparato electrodoméstico, por la compra que había hecho en un centro comercial, y que cuando llegara al domicilio indicado sabría de qué se trataba.

Acudí, escéptico, al piso 47 del World Trade Center, sobre Insurgentes Sur. La misma pregunta: si tenía tarjeta de crédito y que, por favor, la mostrara. Así lo hice, ya con el ceño fruncido.

Me pasaron a una sala y vi el escenario similar con mesas y sillas, pero sin globos. Cinco minutos después, como nadie me atendía, y que podría ser sujeto de otro intento de chantaje, llamé a uno de los empleados, diciéndole que me retiraba. Se acercaron dos jóvenes, con mirada de reprobación, invitándome a que tuviera paciencia.

Cuando me vieron firme en mi decisión de abandonar el recinto, uno de ellos me señaló la puerta.

Salí de mi cavilación en las oficinas de ACN cuando se acercaron dos jóvenes, uno de origen marroquí-francés y otro galo, según dijeron: Sebastián y Matiheu, respectivamente, bien parecidos, sobre todo el primero. Casi modelos de revistas para mujeres.

Otro joven llegó preguntándome si era Jesús Yáñez. Asentí. Recriminándome, con una pátina de enojo en su voz, que me había llamado a mi celular y que no le había contestado.

“Primero, no tengo crédito y segundo, venía en el metro y no suele haber señal”.

Matiheu era quien mejor hablaba español. Llamó mi atención que ninguno fuera mexicano.

Me ofrecieron una botella con agua que rechacé.

Explicó que en un saloncito contiguo habría una explicación sobre qué se trataba el objetivo de nuestra visita.

Insistí que no me interesaban las ventas.

Desoyeron mi comentario.

Rocío Vallés nunca apareció.

Nos sentamos frente a una pantalla de plasma de 42 pulgadas, adosada a la pared, a dos metros del piso, dos jóvenes veinteañeros y yo.

Atestiguaban Mircea y Sebastián.

Matiheu era el expositor.

Elogió a los fundadores de ACN, en particular a Trump, a quien equiparó con Carlos Slim.

“Ni Trump ni Slim tienen buena fama”, comenté.

Los tres voltearon a verme con el ceño fruncido y mirada de reprobación. Sentí que me fulminaban con sus miradas.

Siguió la exposición de las bondades de los productos “milagro”.

Atreví otro comentario:

“Los mexicanos comprarán eso que ustedes ofrecen, porque desconocen productos verdaderamente naturales que hay en nuestro país, como Sábila, chía, nopal, ajo, entre otras, y que tienen costos bajos”.

Los tres pusieron casa de ‘what’.

Decidí abandonar la charla, harto de la exposición, cuando Matiheu se refirió a que cada distribuidor debía hacer una inversión de inicial de siete mil 700 pesos para adquirir el ‘kit’ de productos, y el compromiso de convocar a 40 personas para ofrecerlos.

Me levanté del asiento, tratando de dominar mi incordio, pues en dos ocasiones advertí que las ventas no me interesaban.

Mircea me acompañó a la recepción. Recibí un papel que debería cambiar a la salida por mi credencial de elector.

Descendí los 10 pisos como si me fuera al vacío.

Realicé el último trámite.

Salí con la cruz a cuestas de mi enojo contra Trump, de regreso a Atizapán de Zaragoza, Estado de México.

Otras tres horas de infierno.

tzotzilyaoro@hotmail.com
pumaacatlanunam@gmail.com
@kalimanyez

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