Martes 26 de Septiembre de 2017
     

Ayer me fui a caminar…



Mario Andrés Campa Landeros

Mis pasos me guiaron por la calle sin sentido, sin rumbo y sin destino. Caminar, ver, reflexionar y disfrutar a la gente que pasa a tu lado viendo, conocidos que caminan sin ver, chocando contigo y como si nada pasara. Eso es el olvido.. Oficinistas, obreros, campesinos, mitineros; protestas que se escuchan por todas partes. Plantones hacia Gobernación; cerca del Reloj Chino, polícias desarmados y uniformados con escudos que ya fácilmente le quita cualquier pelafustán de la CNTE. Calle de Reforma, esquina Bucarelí.

Lucha constante y lugar de periodistas, periodiqueros y periódicos empresariales disfrazados de informadores. Un “Caballo” que más bien parece una piña mal cortada del amigo Sebastian y edificios y edificios; a un lado, la fortuna, los sueños y la decepción y tristeza de seguir siendo pobres. Allá, la casa de los diputados que ya estrenaron nueva mansión en Insurgentes, un nuevo café de escaparate para los que quieran ser admirados y que corren el peligro de que les echen cacahuates todos los que pasan. Y luego, esas moles que guardan el dinero de un banquero insaciable que maneja las monedas de otros para enriquecer los bolsillos propios.

 

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Las banquetas anchas, como avenidas, que a la gente se les hacen pequeñas y las ocupan de un lado a otro impidiendo el libre paso. Se olvidan del principio fundamental callejero: “por la derecha, joven”.

Todos convertidos en cientos de hormigas-humanas, libramos obstáculos sin tocar a nadie… Ya saben, se molestan, te miran feo y hasta te insultan. Sin embargo, hay quienes te sonríen. Pero como ya no crees en nada ni en nadie, piensas que se está burlando de ti y pasas de largo mentándole la madre, pero en silencio.

Hoy hace fresco.

Pasamos la calle de Iturbide. Donde aún se puede ver el viejo Palacio Chino. Por cierto, en esa calle venden unos tacos de carnitas que no te caben en la mano…

Y ya estamos en avenida Juárez.

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La Alameda gusta o decepciona.

Todo mundo camina con prisa. Sólo los turistas van “como si fueran por la Alameda”. Siempre atentos a todo lo nuevo para ellos. Hablando entre ellos y tomando fotografías a todo. Nosotros como ya lo hemos visto durante toda la vida, las cosas nos pasan inadvertidas. Pero nos detenemos un momento.

Ahora todo es negocio. Los changarros de don Fox.

Allá donde había una farmacia, ahora se venden chucherías, un edificio que huele a rancio y un KFC muy visitado, en la esquina, frente al eterno Sanborn´s, donde las ya inexistentes jóvenes guapísimas presumían su cintura de avispa y sus pechos frondosos… Ya a estos lugares no se va a conquistar, sino sólo a tomar café que lo sirven por litros y a un único precio…

Del otro lado de la calle aún permanece el bien surtido puesto del “Santaclós de petatiux”. El hombre que cada año se alquila para sobrevivir con sus impolutas barbas naturales. El hombre del navideño reportaje obligado de los periodistas de la zona. Tiene en su negocio, desde una inocente revista o periódico, hasta una lectura de esas que a muchos(as) espanta, pero que las las tienen abajo de su almohada para revisarla cuando nadie los ve.

Cruzamos con cuidado, ante la mirada del vendedor ambulante que ofrece flores y que se ha establecido en ese lugar durante varios años. Es el propietaro de una esquina que no le pertenece..

Desapareció la librería de los cristianos, pasando la calle de Humbolt, sobre avenida Juárez. Tiene varios años sin ser ocupado el local.

Pero enfrente, en el lote donde estaba la impresionante H. Steele y Cía. (Haste la hora de México), ahora los seguidores de Ronald Hubbard, padre de la Cienciología hacen de las suyas. Se ve el poder económico de una religón venida del extranjero hace muy poco tiempo. Es un bunker a donde se puede entrar gratuitamente, pero a la recepción…

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Los pies nos guían hacia la Torre Latinoamericana, pero tenemos que cruzar la cambiada avenida Balderas. El Metrobús, vendedores ambulantes por todos lados, puestos de tacos, tortas, consomé y demás fritangas de 4 por $25… Siempre hay gente comiendo, pues los sueldos de los oficinistas no alcanzan para más.

Se venden calcetines, discos, relojes, cinturones, camisas, correas, corbatas y quién sabe cuántas cosas pirata.

La afluencia de la gente no baja, por el contrario, nos abruma y nos sentamos a verla pasar. Ya saben, a criticar como todo buen cristiano…

Enfrente, en la Plaza de la Solidaridad, los mismos personajes jugando ajedrez. Ahí deambulan los mismos seres de la calle con su pestilente aroma a toda una vida sin que su cuerpo pruebe el agua, acompañados de sus mujeres y sus hijos mocudos y chamagosos que seguirán el mismo camino de sus padres en pocos años…

Por el lado sur de la avenida Juárez y pasando Balderas ya cerró sus puertas una pequeña casa de empeño que sacaba de apuros a los apurados de la zona. Aún vemos vestigios de las graciosadas que dejaron a su paso los simpáticos “maestros” de la CNTE…

Hacia el Eje Lázaro Cárdenas el hormiguero-humano se ve más impresionante.

Ya casi está listo lo que fuera el Hotel Bamer -muchos se acordarán del Bamerette- que ahora será una mole de viviendas de primer mundo. Inalcansables para los bolsillos de la gente común. Caras hasta decir ¡Ay nanita!. En 2006 cerró el hotel sus puertas y vendieron el edificio dañado por los sismos del 85. Ahí, en la parte baja y en años recientes, había un antro donde se vendía cerveza a raudales y era invadida por jóvenes sedientos de alegría. Su historia quedó suspendida en el tiempo… Tierra, cimbras y polvo hacen a un lado a los paseantes.

La Alameda. Sorprende y decepciona.

Gasto de millones de pesos para quedar igual o peor de como estaba. Rasurada totalmente de sus viejos árboles que le daban sombra a cientos de parejas que se revolcaban diariamente en sus jardines con besos, abrazos y otras cosas… Ya no vemos policías-mariachis a caballo.

Quedó desangelada la Alameda.

Sus estatuas famosas originales desaparecieron. Le quitaron la belleza que tenían las históricas fuentes. Lo único que no le quitaron al lugar fue su pestilencia…

Pero ahí está Juárez, el Benemérito de las Américas, cuidando con sus leones su Hemiciclo, para que el Jefe de Gobierno, Miguel Ángel Mancera no haga más burradas.

Libros en puestos de periódicos, librerías con venta de periódicos, tiendas de trajes para caballero, dama y niños, negocios de cosas de un solo precio, vigiladas por personas encubiertas para que las y los vivales no se pasen de listos y se lleven lo que no es suyo.

Venta de discos originales que no tienen mucha clientela. La gente prefiere los de a $10 pesitos, “aunque sean pirata”.

Hay musicos a lo largo de Avenida Juárez. Trompetistas que vienen de los pueblos. El del saxofón que muestras sus dotes de lo aprendido en la Escuela de Música, los folcloristas disfrazados como de pieles rojas, pero que tratan de que la gente piense que son de algún país de Sudamérica. Quieren o intentan ser peruanos, pero se ve a leguas que son más mexicanos que los nopales. Venden sus productos, sus instrumentos, sus adornos y su música… La gente sólo compra lo que ve. Escucha y se desprende de algunas monedas que se colocan en un canasto que el grupo musical pone en el piso para ese fin.

En las librerías de Cristal, el Sótano y Porrúa hay mucha gente. Quien no nos conoce se lleva la imagen de que leemos mucho. Libros aquí, ejemplares allá, pero a un costo prohibitivo. Se toman, se hojean, se ven y se revisan… y se dejan “para otra ocasión”.

Cruzar El Eje Lázaro Cárdenas, hacia Madero es un martirio. Primero, por lo peligroso y segundo, porque el agente de tránsito del lugar maneja como su juguetito el control del siga y alto y lo oprime a su antojo, sin importarle nada la multitud de andantes que quieren pasar de un lado a otro. Opera el semáforo a su limitada voluntad y conocimiento. Se ríe al ver a las personas desesperadas por avanzar y -a propósito- las hace esperar más de lo debido. Eso sí, la preferencia la tienen los automovilistas. La gente que se espere. No sabe este servidor que el que espera desespera y el que desespera maldice…”.

Y llegamos a la calle de San Francisco, hoy peatonal de Madero -antes Plateros- cuya traza se debe al español Alfonso García Bravo. La historia registra: “El 8 de diciembre de 1914, la gente presenció la llegada de Pancho Villa a la esquina de San Francisco e Isabela Católica. “El centauro del Norte” -como le llamaban- bajó de su caballo, pidió una escalera, retiró la placa que señalaba Calle de San Francisco y colocó una nueva con el nombre de Francisco I. Madero. Para asegurarse que nadie intentaría cambiarla, pistola en mano lanzó una amenaza, juró acabar con aquél que se atreviera a retirar el nombre del expresidente -y amigo suyo-, asesinado un año antes. Desde entonces esta calle lleva el nombre de Madero”.

El calor aumenta y seguimos observando. Un hombres disfrazado de astronautas, otro de hojalata esperan pacientemente que niños mujeres y hombres depositen una moneda en su bote que tienen en el piso frente a ellos. En cuanto notan que cayó una moneda, de inmediato empiezan a moverse y causan la admiración de todos los presentes. Los pequeños en cuanto ven el movimiento dan un paso atrás abrazando las piernas del padre o de la madre.

Una iglesia con un retablo principal con hoja de oro recién terminado. Pero no todo lo que brilla es oro…

Los cajeros automáticos de los bancos ubicados en esta calle están saturados. La gente no aprende que si se quiere sacar dinero, lo puede hacer en ventanilla mostrando su tarjeta bancaria y una identificación y así evitar una fila interminable en plena calle con los rayos del sol.

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Músicos ambulantes.

Damos vuelta a la izquierda en la siguiente calle, Isabel la Católica para después dar vuelta en la calle de Tacuba. Queríamos ver la estatua ecuestre de Carlos IV, “El Caballito”, dañada por unos pseudo restauradores, que no saben en la que se metieron y no se la van a acabar…

Al llegar a la plazuela, oh, sorpresa, el monumento esta cubierto por una tela especial un poco transparente, pero que aún así, no permite ver a detalle el daño causado por las manos inexpertas. Nos conformamos con ver algo que no se veía plenamente, pero nos imaginamos…

A un lado, el Munal, (Museo Nacional), en el edificio que era de Telégrafos. Por cierto, este museo debe ser el orgullo de todo mexicano que tiene la obligación de visitarlo y ver la belleza de su contenido y del edificio en sí que es una joya de la arquitectura. Esa escalera…

Del otro lado se encuentra el edificio de Minería con sus gigantescos meteoritos que son la admiración de todos.

Caminamos un poco más hasta llegar nuevamente al Eje Lázaro Cárdenas -Antes San Juan de Letrán- Los semáforos tardan mucho tiempo en cambiar de luz y por fin cruzamos hacia el lado norte de la avenida Hidalgo. Efectivamente, donde está el Teatro Hidalgo del Seguro Social, que apenas y se ve su fachada por tanto chacharero; de libros, cuadros y objetos de cristal, acero, cobre, latón, oro y plata, relojeros que compran y venden, comerciantes de celulares de dudosa procedencia, vendedores de películas, vendedores de viejo; zapatos, ropa, aparatos eléctricos usados, cuadros de pintores famosos y de los que sólo en su casan los conocen.

Ah, no podían faltar las fritangas; tacos, de cabeza, de suadero, longaniza, bistec, chorizo, al pastor, tocas… tacos fritos, de guisado; quesadillas, huaraches, tostadas, sopes, pambazos, birria, comida corrida… Todo en un ambiente con olor a antiguo, polvo, mierda y orines.

Cruzamos la avenida y nos dirigimos hacia la calle de Doctor Mora -ahora peatonal- y ahí nos quedamos un rato admirando el mini mural de Diego Rivera, “La Alameda”. Esto es gratis. El original, creado entre los años 1946 y 1947, se encuentra en el Museo Mural Diego Rivera, en la calle de Colón esquina Balderas. Hay que pagar. Ahí fue colocado después de los sismos del 68 que dañaron el Hotel del Prado donde se encontraba esta obra.

La fotominicopia de dicho mural está colocada en el lado oriente de lo que era la Pinacoteca Virreinal -Dr. Mora 7- lo que fue el ex convento de San Diego. Hoy día es el Laboratorio Arte Alameda. De ahí pasamos al Museo José Martí que estaba cerrado a las 2 de la tarde. Le dimos un vistazo a los amantes del ajedrez en su guarida -atrás del museo- y estaba completamente lleno el lugar. Entre risas, cuchicheos y humo de cigarro avanzaban los peones, los alfiles, las torres, el rey y la reina… Por ahí platicaban aparte tres personas del tercer tipo que a nadie molestaban.

Más libros viejos a precio de nuevos.

Más fritangas, tacos de carnitas…

Y ya nos dio hambre…

Nuestra caminata termina en la confluencia de Balderas, Reforma y avenida Hidalgo. Había que tomar el Metro. Bajamos las escalinatas abordados por pedigüeños de todas las edades. Ni un vigilante-

La otra odisea… El apachurre, el gusto, el enojo, el calor, las caras serias y los incansables vendedores de chicles, libros, fundas para celulares, El sonido insportable de los vendedores CD, DVD de música y películas para todos los gustos. Cargando tremendas bocinas que parece que van a dar un concierto en los llanos de Ápan…

“Aquí le traigo la novedad…

Y ¡Zaz! Ya te trastearon, ya te robaron, ya ni la friegan…





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