Miércoles 30 de Julio de 2014

     



Silencio o muerte

N

o sabemos bien cuántos periodistas mexicanos han debido exiliarse con o sin apoyo de organismos internacionales y por las omisiones del Estado mexicano, dice Rogelio Hernández, coordinador del programa de protección de la Casa de los Derechos de Periodistas. Hoy tenemos oportunidad de asomarnos al tema en las palabras de un protagonista, Luis Horacio Nájera. En El silencio o la muerte en la prensa de México, un trabajo publicado dentro del portal del comité para la protección de periodistas, cuya sigla inglesa es CPJ, Luis Horacio lo explica de la siguiente manera:

Hasta ahora, no he sido capaz de averiguar si yo era cobarde o valiente en Ciudad Juárez huyendo con mi familia y bolsas de tres, dejando todo atrás. Dos años en el exilio, todavía luchan con los sentimientos de abandonar mi casa, dejando a mis padres, y abandonar mi ejercicio periodístico, que tanto he amado, luego de 18 años en la profesión.

La decisión de salir de México era complicada y se incubó a lo largo del tiempo, pero finalmente se definió como una necesidad categórica. La primera vez que vino a mi mente fue al recibir advertencias veladas de policías corruptos que me recomendaban dejar de hacer preguntas o tomar fotos de los cadáveres y pudieran arrojar luz sobre los criminales que con sus uniformes e insignias habían protegido. Una vez, la policía estatal me tuvo a punta de pistola mientras me cubría un tiroteo.

Durante casi dos décadas que cubrí para el Grupo Reforma, una de las casas editoriales de México más importantes de México, el área de Ciudad Juárez, el oeste de Texas y Nuevo México para, recibí amenazas de muerte varias veces y cada vez con más frecuencia. Me sentía acosado e intimidado a consecuencia de mi trabajo de investigación. En febrero de 2006, después de recibir amenazas de muerte relacionadas con mi cobertura del asesinato de un prominente abogado, dejé temporalmente Juárez y me fui a Nuevo Laredo, donde fui otra vez perseguido y acosado, ahora tras informar sobre las actividades del cártel del Golfo. Unos meses después, de de regreso en Juárez, las amenazas se reiteraron por informar sobre la muerte de mi colega Enrique Perea Quintanilla, en agosto de 2006.

En 2008, recibí la información fiable de que los nombres de varios periodistas habían pasado a constituir una lista de la delincuencia organizada debido a sus informes sobre la guerra de las drogas de Juárez. Mi fuente me dijo que yo formaba parte de esa lista. Supe después de otros dos que también estaban ella: Armando Rodríguez Carreón, quien fue asesinado en noviembre de ese año, y Jorge Luis Aguirre, que ahora vive en el exilio en Texas.

A veces pienso que entonces yo era como una de esas ranas usadas en experimentos para registrar índices de supervivencia: las ponen el agua y van modificando la temperatura de esta hasta que mueren. A pesar de ser fotografiado en escenarios de los frecuentes crímenes por hombres con lentes oscuros que viajaban en vehículos de lujo, a pesar de ser seguido por personas que exhibían sus fusiles de asalto, durante algún tiempo no sentí que mi vida estuviera en peligro. Pero igual que la rana, finalmente llegó el momento en que no pude seguir soslayando el inminente riesgo que corría de mi vida cuando, repentina, la temperatura subió en agosto de 2008.

Ese mes corrió una matanza en un centro de rehabilitación de adictos en Ciudad Juárez, que puso de manifiesto el uso de dichas instalaciones para ocultar a los sicarios de las bandas criminales. Deuncié la complicidad de la policía estatal y los soldados en el encubrimiento de estos asesinos, y también detenciones ilegales y torturas cometidos por los soldados que se suponía luchaban contra los traficantes de drogas.

Las amenazas venían de todos lados. En el fuego cruzado, no tenía a nadie a quien pedir ayuda. Después de haber visto que en ese clima generalizado de delitos violentos e impunidad no podía confiar en el gobierno, decidí que yo no podía simplemente dejarme morir bajo farol solitario. En septiembre de 2008, me fui a México con mi familia a Vancouver, Canadá.

Todavía estoy vivo. Pero siento el dolor de haber huido de mi país y abandonado mi profesión. Ahora tengo un trabajo de tiempo parcial como conserje, el único a que puedo aspirar después de 14 meses de desempleo. Mi esposa, que tiene experiencia en recursos humanos, trabaja como ama de llaves. Estamos apoyando a nuestros dos hijos y nuestra hija. Estamos vivos, fuera de la línea de fuego. Pero lo hemos perdido todo, pero al haber perdido tanto. www.cpj.org/reports/2010/09/silence-death-mexico-press-najera.php

El 12 de enero pasado El Diario de Ciudad Juárez informó: el periodista mexicano Luis Horacio Nájera exiliado en Canadá luego de recibir amenazas por su labor en Ciudad Juárez recibió hoy el asilo político del país norteamericano, según informó la prensa local canadiense. Nájera huyó de Juárez en 2008 cuando recibió una amenaza por parte del Ejército Mexicano ligada a una serie de reportajes que denunciaban los abusos de las Fuerzas Armadas en contra de los habitantes de Juárez.

(AMI)





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